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Injusticia parida

IgnotaIlusión

El Hacedor de Horizontes
Negándonos al mar,
fluyen mis pesares,
como luna en cielo acuoso,

como sol en paisaje destruido,

amanece aún sin fuerzas,
el tiempo obedece
a esta melancolía
que nos invade todo cuerpo,

se replican los horrores,
en las pobres palmas
de nuestras madres desertoras,

primordiales artífices,
de esta injusticia parida,

gritan los segundos,
y las eternidades los aplastan,

su sangre nos infecta los sentidos,

aprendemos a ver sin observar,
a escuchar sin oír,
a morir sin nunca haber huido,

admiramos como todo tiende al derrumbe,

y nos derrumbamos,

sin quererlo obedecer.









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Negándonos al mar,
fluyen mis pesares,
como luna en cielo acuoso,

como sol en paisaje destruido,

amanece aún sin fuerzas,
el tiempo obedece
a esta melancolía
que nos invade todo cuerpo,

se replican los horrores,
en las pobres palmas
de nuestras madres desertoras,

primordiales artífices,
de esta injusticia parida,

gritan los segundos,
y las eternidades los aplastan,

su sangre nos infecta los sentidos,

aprendemos a ver sin observar,
a escuchar sin oír,
a morir sin nunca haber huido,

admiramos como todo tiende al derrumbe,

y nos derrumbamos,

sin quererlo obedecer.









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La lucha contra la injusticia parece es una carga heredada.

Saludos
 
Al final, solo queda la aceptación silenciosa de nuestra fragilidad. Hemos aprendido a ser testigos de lo irremediable, a vivir entre ruinas que nos son familiares, pero que nunca dejamos de temer. El mar, ese símbolo de lo inalcanzable, sigue fluyendo a su propio ritmo, indiferente a nuestros pesares, mientras nosotros nos desvanecemos en la misma corriente, erosionados por el tiempo y la desolación que nos rodea. Las heridas de generaciones pasadas parecen hacerse eternas, y a pesar de todo, seguimos repitiendo los mismos errores, como si el acto de olvidar fuera la única forma de resistir. Nos hemos hecho expertos en vivir en la decadencia, en mirar el colapso con la misma fascinación de quien observa una tormenta, sabiendo que nada puede detenerla. El tiempo, tan implacable, avanza sin que podamos romper su ciclo, mientras nosotros nos convertimos en ecos, en sombras, despojados de la voluntad de rebelarnos. ¿Y acaso no es esa nuestra condena: existir sin intención, caer sin destino, sin nunca habernos atrevido a vivir realmente?


Saludos Cordiales
 
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