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Ingrata

Beache

Bertoldo Herrera Gitterman
Era Juan un muchacho de serena mirada

que lograba objetivos con ahínco ejemplar,

que soñaba despierto buscando su amada

y hacerla su esposa y llevarla a su hogar.


Y una tarde cualquiera surgió la sonrisa

una hermosa muchacha se la respondió

al impulso espontáneo de dos corazones

se tiñó el mundo rosa y en rosa quedó.


Y el amor floreció al compás de la vida

el honrado trabajo sus frutos rindió

el pan abundaba dorado en la mesa

y el jardín que crearon también floreció.


Un aroma de cielo invadió la hondonada

con contornos azules se tiñó la distancia

las violetas vinieron a erigirse las reinas

y en el aire esparcían su dulce fragancia.


Con susurros de amor se tejió la morada,

sonrisas y sueños llenaban la estancia,

dos corazones latían en perfecta armonía,

y en cada rincón floreció en abundancia.


Pero, una tarde cualquiera rehuyó su mirada

y a la tarde siguiente ya no la encontró

con el alma en la mano esperó si llegaba

pero, al día siguiente, tampoco la halló.


Haciendo uso total de su libre albedrío

sin querer sopesar que era tan querida

decidió que era tiempo ya de marcharse

e hizo pacto total con su propia partida


Recorrió la senda por la que había venido

y siguiendo hacia lejos, de allí se marchó.

olvidó las sonrisas, caricias y sueños,

los momentos felices, también olvidó.


Sentado al portal esperaba el crepúsculo

y lloró aquella noche, pues tenía por qué

y las horas se fueron caminando lentamente

a contar de esa aciaga en la que ella se fue.


Un dolor lacerante se ha instalado en su pecho

el insomnio constante es su fiel compañero

una angustia latente ha invadido a su alma

al poder comprobar que ese amor era artero.


¿Dónde estarás ahora, ingrata avecilla?

¿Por dónde camina tu diminuto pisar?

¿Te salpica la lluvia, te refresca la brisa,

te entrega su sombra el más verde pinar?


Y esa vida feliz se escapó en desbandada

y toda esa dicha también sucumbió.

El perro preferido se fue hacia el camino

y la flor que quedaba de pena murió.


Y Juan vive ahora como si fuera una sombra

la desidia y desgano le han llegado en tropel,

como el necio aquel que pretende no mojarse

mientras cae copiosa la lluvia sobre él.


Bertoldo Herrera Gitterman

Nueva Imperial, 28 08 24
 
Era Juan un muchacho de serena mirada

que lograba objetivos con ahínco ejemplar,

que soñaba despierto buscando su amada

y hacerla su esposa y llevarla a su hogar.


Y una tarde cualquiera surgió la sonrisa

una hermosa muchacha se la respondió

al impulso espontáneo de dos corazones

se tiñó el mundo rosa y en rosa quedó.


Y el amor floreció al compás de la vida

el honrado trabajo sus frutos rindió

el pan abundaba dorado en la mesa

y el jardín que crearon también floreció.


Un aroma de cielo invadió la hondonada

con contornos azules se tiñó la distancia

las violetas vinieron a erigirse las reinas

y en el aire esparcían su dulce fragancia.


Con susurros de amor se tejió la morada,

sonrisas y sueños llenaban la estancia,

dos corazones latían en perfecta armonía,

y en cada rincón floreció en abundancia.


Pero, una tarde cualquiera rehuyó su mirada

y a la tarde siguiente ya no la encontró

con el alma en la mano esperó si llegaba

pero, al día siguiente, tampoco la halló.


Haciendo uso total de su libre albedrío

sin querer sopesar que era tan querida

decidió que era tiempo ya de marcharse

e hizo pacto total con su propia partida


Recorrió la senda por la que había venido

y siguiendo hacia lejos, de allí se marchó.

olvidó las sonrisas, caricias y sueños,

los momentos felices, también olvidó.


Sentado al portal esperaba el crepúsculo

y lloró aquella noche, pues tenía por qué

y las horas se fueron caminando lentamente

a contar de esa aciaga en la que ella se fue.


Un dolor lacerante se ha instalado en su pecho

el insomnio constante es su fiel compañero

una angustia latente ha invadido a su alma

al poder comprobar que ese amor era artero.


¿Dónde estarás ahora, ingrata avecilla?

¿Por dónde camina tu diminuto pisar?

¿Te salpica la lluvia, te refresca la brisa,

te entrega su sombra el más verde pinar?


Y esa vida feliz se escapó en desbandada

y toda esa dicha también sucumbió.

El perro preferido se fue hacia el camino

y la flor que quedaba de pena murió.


Y Juan vive ahora como si fuera una sombra

la desidia y desgano le han llegado en tropel,

como el necio aquel que pretende no mojarse

mientras cae copiosa la lluvia sobre él.


Bertoldo Herrera Gitterman

Nueva Imperial, 28 08 24
Un triste historia de la que todos deberíamos de aprender.

Saludos
 
Hola Alde ¿Cómo está?
Muchas gracias por haber venido.
Disculpe lo tarde de mi respuesta. Algo había ocurrido con mi cuenta y no pude ingresar a leer o comentar hasta hoy.
 
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