Armonia
Poeta veterana
Amanece, las seis y cuarto de la mañana, el despertador con su gélido canto da la bienvenida a un día y la incertidumbre juega a escaleras y serpientes. Los sonidos, olores y colores de este nuevo día se hacen familiares, mientras desperezo mis sentidos para enfrentar las gotas de ruido que tañe, en mis pulmones, la existencia.
Como cada día, desde la somnolienta tarde en la que desapareciste tras el umbral, mis pasos siempre dan a la ventana a esperar que tu sombra aparezca en la esquina. Un suspiro ahogado en el pecho gira mis recuerdos al último cajón de la cómoda, donde guardo la más preciada promesa: Un te quiero que rompió el silencio, cuando deslizaste en mi abrazo esta esperanza.
-¡Espérame, volveré!- dijiste mientras bajabas la escalera como escapando del silencio; mientras yo me mordía los labios reprimiendo la evidente respuesta que esos apurados pasos escribirían en mi futuro.
La mañana se abre paso y las sombras del sol, intercambian caricias con los objetos inanimados que visten la rigidez de la responsabilidad. Ducharse, vestirse, desayunar, salir... Se convierten en la rutina de un reo que quiere olvidar la pesadilla de su día a día.
Ocho horas sumergiendo la atención en facturas, números, cuentas, teléfonos, sonrisas forzadas y miradas que de sobra se sabe que no son francas; ocho horas que distraen los latidos segregando la cantidad de valor y paciencia necesarios para proseguir y no rendirse
Regreso al silencio de una casa que no es la mía, a la parsimonia de fantasmas que desfilan su ausencia, a la sofocante impaciencia de sentir en el pecho la oscuridad de la luna y sus meretrices acompañantes.
Regreso a perder la mirada en el aire y vaciar las manos de esperanzas, todo por la bendita manía de creer en castillos de arena. De día o de noche la incertidumbre juega con mis emociones y yo sólo espero el siguiente lance de dados para dar el próximo paso en la aventura que llamamos vida.
