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Imaginar lo inimaginable

IgnotaIlusión

El Hacedor de Horizontes
Raíces tan añejas como profundas,
conocen los dolores del mundo,
y los agrios sollozos de los cielos,

lluvias que secan,
pudren a un suelo que deseaba vivir,

caminan, árboles de semblante lumínico,
iluminan las sombras,
observando a través de ellas,

entienden toda inmaterialidad,
razonando estímulos abstractos,

pocos son los dioses que aún gobiernan,

este caos es el principio del fin,

entre una eternidad resquebrajada
que entrevee un vacío infinito,

se gesta
desde el vientre de la muerte,

una inexistencia
con sed de demostrar
algo mucho más inmenso
de lo que toda divinidad
nunca podría imaginar,

el posible comienzo
de un silencio vivo,

de un pensamiento material
que no podrá morir.









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El poema nos lleva a contemplar raíces ancestrales que cargan el peso de los dolores y de las lágrimas del mundo, simbolizando la historia y la memoria profunda de la existencia. En medio de un suelo marchito y una realidad que se descompone, surgen árboles luminosos que, con su luz, iluminan las sombras y perciben lo intangible, revelando una sabiduría que va más allá de lo material. En este escenario de caos y resquebrajamiento eterno, el poema nos habla de un momento límite, un umbral entre la muerte y una posible nueva realidad. Allí, en ese vientre de la nada, se gesta un silencio vivo y un pensamiento material, una esperanza latente que desafía la destrucción y la finitud. Esta idea sugiere que, incluso en el final más absoluto, puede nacer algo inesperadamente inmenso, más allá de lo que cualquier divinidad podría concebir.


Saludos cordiales
 
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