Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hoy me despertó la luz del sol en la cara. Estuve a punto de enfadarme y darme la vuelta, pero la rendija de luz era persistente, cálida, suave e invitaba a levantarse. Lo hice de mala gana. Levanté la persiana y abrí la ventana y por ella entró el sol de la mañana, a chorros, como una canción que acompañaba la melodía del gorjeo de los jilgueros que anidan entre las masiegas que hay junto al estanque del parque. Llevaba varias semanas sin salir de casa, el mal tiempo, el poco ánimo… todo me servía de excusa para quedarme encerrado.
De modo que tomé una decisión. Hoy sería capaz de salir a la calle. Desayuné como todos los días y, después de afeitarme y darme una buena ducha, busqué qué ponerme en el armario. Era una mañana espléndida y yo tenía que estar a tono. Saqué el traje de lino beige, la camisa de algodón de vestir, el sombrero panamá, la pajarita azul y los zapatos entretejidos. Me llevó un rato componerme mas, cuando me miré al espejo, pensé que había merecido la pena. Tomé el bastón de ébano y bajé con parsimonia las escaleras. En la puerta de la calle, tuve un impuso de volver corriendo al refugio hogareño, pero, venciéndolo, abrí la puerta y salí al paseo. La mañana me saludó con una inundación de luz. El vecino de la casa de enfrente, que paseaba a su perro, me dio los buenos días con una sonrisa. Otra vecina, se detuvo unos instantes a mi lado para preguntarme qué tal me encontraba, ya que hacía días que no me veían. La comenté que me encontraba estupendamente y se despidió presurosa, pues tenía que ir a hacer la compra y no quería entretenerse mucho.
Encaminé mis pasos hacia el parque, no es muy grande, pero para nuestro vecindario está muy bien. Tiene álamos, lilares, castaños de Indias, sauces llorones que bordean un estanque en el que nadan plácidamente carpas irisadas que brillan con destellos cuando les da el sol. El parque es muy agradable, mantiene una temperatura fresca, que nos aleja del calor intenso de las calles y avenidas. Por alguna razón no es muy visitado, supongo que ser una zona nueva de la ciudad con una mayoría de vecinos jóvenes y ocupados, explica que los mayores disfrutemos en casi soledad de su existencia. Bueno, nosotros y los más pequeños, a quienes sus madres sacan en los carricoches, así como a los pequeños de la guardería, quienes uniformados con sus babis rojos y sus gorras de rayas salen de excursión desde la “guarde” hasta la zona de hierba del parque, agarrados de dos en dos a una larga cuerda que guían las dos encargadas de cuidarlos. Hoy, se han sentado sobre la hierba y cantan al unísono canciones infantiles. Por el paseo principal, me encuentro con María, que fue paciente mía hace ya varios años y que se vino del pueblo a la ciudad para ser atendida por su hija. La llevan en silla de ruedas, pero no ha perdido el interés por las cosas, ni la memoria. En cuanto me ve, me saluda y me detengo junto a ella, para preguntar por su familia, por la gente del pueblo que conozco y ella me da cumplida cuenta de todo. Nos despedimos y sigo con mi paseo, encontrando la sombra de los castaños de Indias, que cuajados de minúsculas florecillas, se desprenden con el poco viento que hace los pétalos diminutos, dando la impresión de que una nieve cálida y agradable cae sobre nosotros. Junto al estanque he visto que dos lavancos despistados se han lanzado al agua; probablemente van de viaje y el estanque les ha tentado con sus aguas cristalinas para descansar.
Tras caminar un buen rato, agradecido al sol mañanero, me dirijo de nuevo hacia casa. Ha sido maravilloso respirar aire fresco, conectar con otras personas, contemplar a los chiquillos en sus juegos y ver, en definitiva, reír de nuevo la primavera. En el portal me encuentro con Belén. Se alegra de ver que he salido, me da la mano y subimos juntos hasta nuestro piso. Mientra abría la puerta, la he visto sonreir.
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