Martín Renán
Poeta adicto al portal
A cada soñador
le viene de madrugada una cruz rota;
el croquis, laberintos de cartón
justo en el ojo contrario
a la fe irremediable,
que zarpa de espaldas
en el oído tísico de la memoria.
Semáforos de sangre,
entre pirámides y la nueva avenida
en la primera intersección;
el claxon anunciando muerte
desde un falso
calendario,
y dónde la vida va cada día, a menos
¡El precio justo a pagar en el salario!
Entonces,
sí, renunciar no está en el corazón
como acto de fe,
en la neurosis de dios
queda algo pendiente por hacer,
queda el barro
como prueba en el polígrafo.
A cada idea
le llega otras más absurdas,
otras con más oración esquizofrénica
a puertas de mis lunas
más salvajes.
Así,
me queda la duda de haber empezado
a toser un poco de todo,
para verme en el relicario
y un poco menos en el espejo;
créeme, a mí me asalta esa persecución
que me delata
en el sótano y más abajo
—hospital público de momento—
Desde mucho antes, he venido de abrazar
a quien pudo acurrucarse en mi tumba.
le viene de madrugada una cruz rota;
el croquis, laberintos de cartón
justo en el ojo contrario
a la fe irremediable,
que zarpa de espaldas
en el oído tísico de la memoria.
Semáforos de sangre,
entre pirámides y la nueva avenida
en la primera intersección;
el claxon anunciando muerte
desde un falso
calendario,
y dónde la vida va cada día, a menos
¡El precio justo a pagar en el salario!
Entonces,
sí, renunciar no está en el corazón
como acto de fe,
en la neurosis de dios
queda algo pendiente por hacer,
queda el barro
como prueba en el polígrafo.
A cada idea
le llega otras más absurdas,
otras con más oración esquizofrénica
a puertas de mis lunas
más salvajes.
Así,
me queda la duda de haber empezado
a toser un poco de todo,
para verme en el relicario
y un poco menos en el espejo;
créeme, a mí me asalta esa persecución
que me delata
en el sótano y más abajo
—hospital público de momento—
Desde mucho antes, he venido de abrazar
a quien pudo acurrucarse en mi tumba.