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Historias de una obra literaria

Eduardo Morguenstern

Poeta que considera el portal su segunda casa
HISTORIAS DE UNA OBRA LITERARIA.

Seguramente nacen en algún recóndito cúmulo neuronal de mi cerebro frontal- obviamente- sin que yo lo advierta al principio.
Lo imagino como un latido inicial (imperceptiblemente pequeño) de una célula que pareciera despertar.
Otra, vecina, responde e inicia su latido al compás. Luego otra se une y luego otra. Su ritmo es parejo, la cadencia, infinitesimal. A poco es toda una población.
Cuando el número necesario es alcanzado, la comunidad entera puede caber en la diminuta cabeza de un alfiler. A poco, el latir se transforma por alguna razón electromagnética misteriosa, en un inaudible zumbido tremoroso, una vibración de pocas decenas de milivoltios.

Imagino que allí empieza a brillar una invisible incandescencia azulada que en unos segundos se agolpa en millones de microburbujas de luz que empiezan a agitarse unas alrededor de otras, como un hervir de microscópicas antorchas que forman un haz arremolinado sumamente inquieto y veloz que comienza a fluír por los laberintos cerebrales como corrientes vertiginosas de un río subterráneo viajando a la increíble velocidad de 30 metros por segundo hacia las estaciones psicoemocionales frontales.

Nace el deseo de escribir. Se asoma en el horizonte mental algo así como la idea o “el tema”.

De allí el torbellino avanza y de derrama hacia las zonas responsables de la significación en el lóbulo temporal. Se aclara la idea. Radiaciones neuroeléctricas difusas ganan las áreas instintivas del rinencéfalo o “cerebro animal” y crece el deseo, la pulsión imperiosa de escribir la idea, tornarla sensible mediante una actitud imaginativa, de desinhibición intelectiva y la idea toma una forma “visual”.

Ya ha nacido la idea. Recién parida, se transforma en un “llamado de la jungla”. Convoca por asociación y resonancia a otras ideas que “duermen” en un archivo de ideas accesorias en el cómodo desván del polo anterior del lóbulo temporal.

Estas se agitan, despiertan, se sacuden la modorra y como los perros salvajes, “huelen el llamado” en la distancia y corren en desenfrenada manada hacia la conciencia. Allí se agolpan y las “veo” con los ojos del alma en la imaginación.

Con ese magma ideatorio nuevo, aparece las selección apresurada, son “saboreadas” en un acto instantáneo, tomadas o desechadas, recortadas, modificadas, adaptadas. Trozos de ideas son agregadas a la original, cada vez mejor definida y el todo va tomando forma, como un embrión en el antro materno.

Mientras, en el papel o en la pantalla, vuelco apresurado, presa de una excitación similar al náufrago hambriento frente a un plato servido, palabras, frases, tachaduras, enmiendas... La obra está en proceso, como una corriente impetuosa imparable...

Está apareciendo al fin “la obra en crudo”.
Al pulido se afana la inteligencia, predominantemente. Comienza un vals entre la corteza frontal intelectivo y “masculino” y la subcorteza límbica emocional “femenina”. Mientras danzan se intercambian susurros estéticos.

“Esto no va, aquello queda mejor, o puede decirse así pues evoca tales sentimientos en el lector, esta frase o esta palabra es más clara o más adecuada”.

Si es un poema, podré cuidar la rima o la métrica.

Algo indefinido me indicará que “ya está”. Tal vez la propia obra lo sugiera. “¡Basta! ¡No me toques más!” Contrariar irrespetuosamente la consigna puede acarrear confusión. Las ideas pueden enmarañarse, confundirse, retirarse.
La obra corre el peligro de quedar inconclusa por enfriamiento, como ocurre cuando en el sexo el juego erótico preliminar se demora. Hay un punto justo para pasar al acto y hay un punto justo para soltar el orgasmo de todo control. Así, toda demora, toda insistencia puede derribar la obra.
Deberé abandonar el intento y al pasar los días deberé iniciar todo el proceso nuevamente.
Cuando la obra nació, la respetaré. Es una creación con vida propia. Independiente de mí. Más bella o menos, es la que vino al mundo desde los confines de la vida. Es una hija del mi ingenio, mayor o menor. Cargue con el karma de su padre. Como los hijos de la carne. Es un ser espiritual captado desde lo eterno y vestido de gramática. Es un habitante del mundo de la cultura. Merece vivir, mientras una sola persona la lea, se justifica su existencia. No seré yo quien la prive de su derecho a la expresión.

Mi obra, pequeña y casi ignota, vino a mí buscándome no sé bien desde donde. Ella también me define. Ella también me completa. Ella también me aceptó y me eligió. Ella también me honra. Estamos pues mano a mano. Se lo agradezco.

EDUARDO MORGUENSTERN
 
Última edición:
Esa visión retrospectiva de todas tus funciones cerebrales, marcando caminos por sí mismas, verlas en pantalla reflejdas de tus ojos de donde emergen, aunque no lo mencionas, todas esas situaciones de un trabajo de obreros intelectuales microscópicos, para edificar lo que supuestamente ellos construirían, pero al final tu fuiste el arquitecto y el ingeniero, el maestro que magistralmente a cada uno diste tus soberanas órdenes. Felicitaciones Eduardo, no es tan fácil, ahondar tan profundamente para escribir un texto tan completo. Te saluda cordialmente: Crioilem.
 
Ademas de tremendamente ilustrativa y "educativa", pues la descripción del proceso del pensamiento que se hace es perfecta, es una narración llena de originalidad, inteligencia y tremenda quilla.
Un impresionante tratado.
Espero seguir topándome con sus obras maestro: Pues son una isla del tesoro en los mares de la prosa....R. toro
 
ahhh que belleza leer esto! es así Eduardo, tal cual lo describes como me sale lo que escribo.... brillante prosa.
Creo que nos sentiremos todos identificados.
Besos y estrellas a tu obra
 
HISTORIAS DE UNA OBRA LITERARIA.

Seguramente nacen en algún recóndito cúmulo neuronal de mi cerebro frontal- obviamente- sin que yo lo advierta al principio.
Lo imagino como un latido inicial (imperceptiblemente pequeño) de una célula que pareciera despertar.
Otra, vecina, responde e inicia su latido al compás. Luego otra se une y luego otra. Su ritmo es parejo, la cadencia, infinitesimal. A poco es toda una población.
Cuando es número necesario es alcanzado, la comunidad entera puede caber en la diminuta cabeza de un alfiler. A poco, el latir se transforma por alguna razón electromagnética misteriosa, en un inaudible zumbido tremoroso, una vibración de pocas decenas de milivoltios.

Imagino que allí empieza a brillar una invisible incandescencia azulada que en unos segundos se agolpa en millones de microburbujas de luz que empiezan a agitarse unas alrededor de otras, como un hervir de microscópicas antorchas que forman un haz arremolinado sumamente inquieto y veloz que comienza a fluír por los laberintos cerebrales como corrientes vertiginosas de un río subterráneo viajando a la increíble velocidad de 30 metros por segundo hacia las estaciones psicoemocionales frontales.

Nace el deseo de escribir. Se asoma en el horizonte mental algo así como la idea o “el tema”.

De allí el torbellino avanza y de derrama hacia las zonas responsables de la significación en el lóbulo temporal. Se aclara la idea. Radiaciones neuroeléctricas difusas ganan las áreas instintivas del rinencéfalo o “cerebro animal” y crece el deseo, la pulsión imperiosa de escribir la idea, tornarla sensible mediante una actitud imaginativa, de desinhibición intelectiva y la idea toma una forma “visual”.

Ya ha nacido la idea. Recién parida, se transforma en un “llamado de la jungla”. Convoca por asociación y resonancia a otras ideas que “duermen” en un archivo de ideas accesorias en el cómodo desván del polo anterior del lóbulo temporal.

Estas se agitan, despiertan, se sacuden la modorra y como los perros salvajes, “huelen el llamado” en la distancia y corren en desenfrenada manada hacia la conciencia. Allí se agolpan y las “veo” con los ojos del alma en la imaginación.

Con ese magma ideatorio nuevo, aparece las selección apresurada, son “saboreadas” en un acto instantáneo, tomadas o desechadas, recortadas, modificadas, adaptadas. Trozos de ideas son agregadas a la original, cada vez mejor definida y el todo va tomando forma, como un embrión en el antro materno.

Mientras, en el papel o en la pantalla, vuelco apresurado, presa de una excitación similar al náufrago hambriento frente a un plato servido, palabras, frases, tachaduras, enmiendas... La obra está en proceso, como una corriente impetuosa imparable...

Está apareciendo al fin “la obra en crudo”.
Al pulido se afana la inteligencia, predominantemente. Comienza un vals entre la corteza frontal intelectivo y “masculino” y la subcorteza límbica emocional “femenina”. Mientras danzan se intercambian susurros estéticos.

“Esto no va, aquello queda mejor, o puede decirse así pues evoca tales sentimientos en el lector, esta frase o esta palabra es más clara o más adecuada”.

Si es un poema, podré cuidar la rima o la métrica.

Algo indefinido me indicará que “ya está”. Tal vez la propia obra lo sugiera. “¡Basta! ¡No me toques más!” Contrariar irrespetuosamente la consigna puede acarrear confusión. Las ideas pueden enmarañarse, confundirse, retirarse.
La obra corre el peligro de quedar inconclusa por enfriamiento, como ocurre cuando en el sexo el juego erótico preliminar se demora. Hay un punto justo para pasar al acto y hay un punto justo para soltar el orgasmo de todo control. Así, toda demora, toda insistencia puede derribar la obra.
Deberé abandonar el intento y al pasar los días deberé iniciar todo el proceso nuevamente.
Cuando la obra nació, la respetaré. Es una creación con vida propia. Independiente de mí. Más bella o menos, es la que vino al mundo desde los confines de la vida. Es una hija del mi ingenio, mayor o menor. Cargue con el karma de su padre. Como los hijos de la carne. Es un ser espiritual captado desde lo eterno y vestido de gramática. Es un habitante del mundo de la cultura. Merece vivir, mientras una sola persona la lea, se justifica su existencia. No seré yo quien la prive de su derecho a la expresión.

Mi obra, pequeña y casi ignota, vino a mí buscándome no sé bien desde donde. Ella también me define. Ella también me completa. Ella también me aceptó y me eligió. Ella también me honra. Estamos pues mano a mano. Se lo agradezco.

EDUARDO MORGUENSTERN


Quedo fascinada con tu interpretación del milagroso proceso de la inspiración y la traducción de las ideas.

Mi obra, pequeña y casi ignota, vino a mí buscándome no sé bien desde donde. Ella también me define. Ella también me completa. Ella también me aceptó y me eligió. Ella también me honra. Estamos pues mano a mano. Se lo agradezco.

Bravooo! Abrazos,
Roxane
 
Ella también me define. Ella también me completa. Ella también me aceptó y me eligió. Ella también me honra. Estamos pues mano a mano. Se lo agradezco.

Toda una explicación con rigor científico y poético (que no es menos, y que aplica en este caso) de la vida de una historia.
Eduardo: es un llamado de la jungla hasta para el mismo corazón. :::sorpresa1:::
Un saludo.
 
Mi estimado Eduardo, qué poder de análisis, me encantó esa forma tan natural en que llevas cada parte de este escrito, nunca hubiese hecho un análisis tan completo, Realmente utilizaste una terminología acorde con la exposición, excelente, esa gestación, sus antecedentes y consecuentes, un hermoso parto este que precisamente asocias con el nacimiento de la obra y la de una criatura, esa imagen del nacimiento después de todo el proceso y la imagen, recalco, me deja la idea de una criatura de nuestra propia materia, es genial, toda la prosa magistral.
Un honor llegar a este maravilloso análisis tan tuyo, pero tan certero entre las imágenes que creaste.
Enhorabuena!
Siempre me cautiva la excelencia de tus escritos y sobre todo ese mensaje que palpa tan lúcidamente entre tus letras.
Saludos cariños y todos mis APLAUSOS, en mayúscula y como lo mereces.
De pie aplaudo.
Ligia
 
Última edición:
Querida amiga y gran poeta Ligia:
¡¡¡Tus elogios me hacen sentir un enano!!!!
Te agradezco las amables consideraciones, tan generosas que cuesta aceptarlas.
Te envío rosas, tantas que puedes tapizar tu palacio, princesa marina.
Eduardo.
 
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