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Historia de Raquel

Osidiria

Poeta asiduo al portal
Raquel es una mujer de mediana edad, cabe bien en sus años, la talla de su carácter
es rebelde, en su frente no solo caben dos dedos sino toda la mano, prudente, sensata,
estaca en un don; el de las artes, todo lo que toca lo convierte en moda,
de un trasto viejo ella saca un mueble de diseño que hace juego en cualquier decoración, color, pasión, tiene el antídoto para cualquier veneno menos para el mal que apolilla su propio corazón.
Se casó joven, a los 23 ya estaba frente al altar vestida de blanco al lado de un muchacho
que conoció mientras cursaba su segundo año en la escuela Artes y Oficios Artísticos de Toledo,
como Javier, así se llama aquel sobre el que ella puso toda su ilusión de enamorada,
eran muy jóvenes, entre los dos sumaban poco más de los años que ahora tenía ella sola,
pero los dos tenían prisa por empezar a vivir una eternidad que les pertenecía,
o al menos eso creían, pero se equivocaban.
Pusieron en marcha un negocio en forma de tienda de regalos artesanos, en el casco antiguo,
en Santo Tomé, hechos por ellos mismos, también disponían de un taller donde restauraban
muebles antiguos, todo lo que salía de allí era pura fantasía, Javier ponía la mano de obra,
pero carecía de intuición para ver más allá de lo que tenía delante de sus ojos, era Raquel quien diseñaba
y creaba, ella pensaba mientras él daba forma a los sueños que solo Raquel era capaz de ver, donde Javier solo veía tablas de madera amontonadas Raquel intuía pura magia.
Javier no sabía deletrear la palabra oscuridad, todo en torno a él era luz, Raquel estaba enamorada
como la tierra del sol, cada mañana saltaba a escena con el papel de esposa y madre perfecta bien aprendido, los demás le ayudaban, le exigían repasarlo a diario y no podía eludir esa responsabilidad y aunque quisiera
no sabía cómo escapar de esa cárcel de oro en la que se estaba asfixiando, la llama del amor le abrasaba
por dentro, olía a quemado, pero el pobre de Javier ignoraba que ese fuego que ardía en el interior de Raquel no era por él.
Lo hijos llegaron pronto, Luis, a los dos años de casados, Pedro, cuando aún su casa estaba tan llena
de pañales que se salían por la ventana, ¿y para cuando la niña? le espetaban sus amigos y conocidos.
Manuela llegó con Luis y Pedro en el colegio de la Milagrosa, “con esto ya cierro la fábrica” pensó,
he cumplido con Dios y con la patria, pero los caminos del destino son inescrutables y nunca sabemos
lo que hay detrás de la esquina.
Cuando rozaba los 43 llegó Daniel, el hijo del descuido, el que nadie esperaba, un muchachote rollizo
de pelo rojizo y ojos vivarachos, el juguete de la familia, para ella un castigo, la gota que colmó el vaso,
de nuevo en la casilla de salida, los horarios ajustados, los pañales, noches enteras recorriendo los pasillos
tratando de consolar el llanto del pequeño Daniel.
¿Cuántos años han de pasar para dar por terminado un amor, cuántos besos de sal hay que dar hasta que unos labios se deshidraten de soledad?
Su vida estaba tan dulcemente encasillada en la monotonía, Raquel se sentía tan a salvo y tan segura
y a la vez hueca y vacía, el encuadre de su mundo era el de una fotografía fija anclada en su retina ofreciéndole cada día la misma instantánea cargada con los colores de la nostalgia y el hastío,
el aire venía enmohecido, le olía a pesadilla quemándole las entrañas cada vez que respiraba como el hierro fundido de una fragua, pero ¿de qué se podía quejar? vivía en un castillo de ensueño, pero dentro de una bola
de cristal que se llenaba de copitos de nieve cada vez que se agitaba, necesitaba un cambio, dar la vuelta
al espejo y renovar su vestuario de monja de clausura.
En la actualidad se sentía una mujer acuchillada por el tedio y la rutina, sacrificada en vida y ofrecida
como ofrenda en los altares en aras de una vida cómoda y segura.
Primero las labores de su casa, retiraba cada mota de polvo de las estanterías con precisión matemática,
no había trapo en la casa sin su correspondiente licenciatura en limpieza, después la colada,
su cuerda de la ropa era la envidia de sus vecinos pero para ella era la soga del ahorcado donde se ejecutaban las golondrinas que cada año venían pregonando una nueva primavera, luego la tienda, los encargos, el taller, las palabras, los saludos disimulados, el principio del fin se estaba acercando, ella aún no lo sabía
y Javier menos aún, él seguía enfrascado en su guerra sin cuartel con su martillo y sus clavos
dando forma a los encargos de Raquel, echando horas extras con el cuidado de sus hijos,
tarea que últimamente su mujer había puesto en segundo plano.

Todo empezó a desmoronarse en la semana del teatro de Rojas, como cada año se presentaban obras
de más o menos prestigio cautivando los ojos del vecindario con propuestas de mundos imaginarios
que hacían las delicias de grandes y pequeños, hoy aquí, mañana allá, tan esotérico, tan mágico.
Era relativamente frecuente que la compañía de teatro Yllana se dejara caer por aquí,
unos canallas que hacían de las risas su carta de presentación fusionando gestos, mimo y provocación
pero sin hacer daño a nadie, y como siempre Raquel estaba allí aplaudiendo a rabiar evadiéndose
de la carga de aburrimiento de un mundo que le agobiaba.
Allí fue donde le vio por primera vez, arriba en el escenario, joven, apuesto, seguro de sí mismo,
no parecía pasar la treintena, pelo ensortijado, barba espesa, noble como un dios, parecía flotar
sobre las tablas del teatro, todas y cada una de las fibras de su cuerpo se hicieron un ovillo en torno
al corazón de Raquel, tenía que conocer a aquel hombre, necesitaba tener su voz para ella sola,
se moría de ganas por ofrecerle la piel y que envolviera su cuerpo como papel de regalo.
Paciente, esperó entre bambalinas a que acabara la función a pesar que sabía que en casa Javier y sus hijos estarían preocupados por su tardanza, se hizo la encontradiza, se presentó, y ya desde un principio
sus miradas y sus manos hicieron buenas migas, salieron a tomar unas copas, hablaron,
intercambiaron sus teléfonos y todo quedó ahí, un beso en la mejilla, muy cerca, quizá demasiado
de los labios, un estaremos en contacto pero el balance de daños no fue a más.
Desde aquel día Raquel ya no vivía en su cuerpo, ella estaba lejos, Javier la buscaba
pero solo encontraba espacios vacíos alrededor de su mujer, era evidente que algo pasaba, aquel barco
hacía agua por todas sus costuras, hasta que un día, armada de un valor del que carecía, Raquel lo soltó, abrió la boca y de ella salieron una jauría de palabras como perros rabiosos que hicieron sangrar
lo oídos de Javier;
-Javier, tenemos que hablar.
Cuando una mujer pone en batalla palabras como esta, normalmente el hombre tiene la guerra perdida,
hay poco que hacer.
-he conocido a un hombre, nos estamos viendo, nos queremos y quiero irme a vivir con él.
Podría ser la sentencia de muerte para cualquiera, de hecho lo era, una andanada directa al corazón.
-¿qué?....pero…..yo……¿por qué?..... he hecho algo mal mi amor….¿y los niños?
No Javier, tú no tienes culpa de nada, es solo que me ahogo, me voy sabiendo que os echaré de menos
y posiblemente tendré que pagar caro mi error, pero tengo que apagar este ardor que me recorre la piel
como mil ratas hambrientas, necesito probar el veneno de otras manos recorriendo mi cuerpo,
necesito sacar los huesos de mi cuerpo y que sean otras mentiras las que me den de comer.

Qué tipos de demonios llevamos dentro que nos convencen de que el paraíso que tenemos no es el nuestro
y hay otro mejor esperándonos lejos, nos está esperando y debemos salir a por él,
nos hacen romper con todo e ir en busca de una vida que es de otros, no la nuestra.
Raquel no se lo podía quitar de la cabeza, soñaba con vivir una vida nueva llena de noches de bohemia, decorada con luces y estrellas al lado de quien llevaba en su manos el secreto para que sintiera de nuevo mujer.
Desde aquel día que conoció a su actor quiso que su mundo formara parte de la farándula y representar
el papel de mujer desinhibida y feliz, comiéndose a bocados cada noche la luna acostada en su cama con los ángeles revoloteando a su alrededor mientras esperaba el amanecer en brazos de su amor.
Su hijos no lo entendieron, el pequeño Daniel de solo dos años se quedó sin una madre que consolara
su llanto, el día que Raquel se fue Javier se suicidó, pero no murió, sus hijos le necesitaban,
siguió vivo como un fantasma vendiendo juguetes en la tienda pero ya no los hacia él, los compraba al por mayor, también restauraba algún que otro mueble en el taller, muebles viejos que nunca dejaban de serlo,
no como antes con las ideas de su mujer, que volvían a la vida como por arte de magia, a él lo único
que se le daba bien era clavar clavos en las tablas pero sin Raquel no sabía qué hacer.
Su negocio se resintió y apenas les daba de comer, tuvo que cerrar e irse a ganarse el pan
como obrero de la construcción, y así, escondido detrás de los ladrillos, fueron pasando los años
echando de menos a Raquel.
Los años pasaron, ahora Daniel es un adolescente, alto y espigado, de pelo rojizo como un atardecer,
a pesar de crecer sin madre nunca le faltó el calor de un hogar, a veces se preguntaba
qué sería tener una madre que le cuidara, pero acabo acostumbrándose, pero su padre era distinto,
le dolía verle con esa cicatriz tan enorme en el corazón.

Por su parte Raquel por fin no aprendió su guion y acabó en las calles viviendo en una caja de cartón
cuyas ventanas no tenían vistas al mar, alguien me contó una vez que la vio por los bajos fondos de Madrid recorriendo las aceras intentando cualquier cosa por dinero, vendiendo su cuerpo al mejor postor.
Raquel buscó el camino de regreso a su Toledo, lo intentó, pero no lo encontró,
hay demonios que ya no tienen paraísos a los que volver.

FIN
 
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