una lágrima
Poeta adicto al portal
Ya estaba muriendo el ocaso, se sacudía el sol desperezándose cuando la luna hizo el reemplazo; así empezó la historia
Se rumoreaba en los adentros de un pueblo joven, aunque nostálgico, de un hombre sabio, un ser bondadoso que, según decían, curaba con sólo un roce de sus manos. Cuenta la leyenda que el hombre vivía en los bosques aunque casi nadie lo había encontrado, rodeado de árboles que emitían un resplandor dorado.
La gente incrédula, podía imaginar que fuese mago
No voy a llamar destino, al camino que sucumbió una niña un anochecer de verano, un atardecer de otoño mirando desde otro lado; en fin, aquel día el hechicero y la niña se habían encontrado.
Nunca nadie supo cual fue la charla, si es que hubo un entrecruce de palabras; nadie supo qué fue lo que la pequeña descifró en su mirada, si es que acaso pudieron contemplarse; nadie supo si le hizo un hechizo, si es que hubo magia; sólo se supo que habían entrelazado sus manos.
Desde entonces no duraban lágrimas en aquel pueblo, desde entonces no se agachaba la mirada, desde entonces el cariño fue el sanador de cuanto se dañaba.
No pretendo mitigar un mito, ni acabar con su misterio pero aquel hombre era mago, tal cual un hechicero que responde a los males con un fraternal roce de sus manos. El cristal de su corazón, limpio y puro, tiene adentro un rastro de color rojizo, que cuando surgía la historia decían, lleva alma de sandía. Un hechicero de cristal
A quien llega sin siquiera imaginarlo siempre que necesito de su mano, para mi amigo Mikelo.
Se rumoreaba en los adentros de un pueblo joven, aunque nostálgico, de un hombre sabio, un ser bondadoso que, según decían, curaba con sólo un roce de sus manos. Cuenta la leyenda que el hombre vivía en los bosques aunque casi nadie lo había encontrado, rodeado de árboles que emitían un resplandor dorado.
La gente incrédula, podía imaginar que fuese mago
No voy a llamar destino, al camino que sucumbió una niña un anochecer de verano, un atardecer de otoño mirando desde otro lado; en fin, aquel día el hechicero y la niña se habían encontrado.
Nunca nadie supo cual fue la charla, si es que hubo un entrecruce de palabras; nadie supo qué fue lo que la pequeña descifró en su mirada, si es que acaso pudieron contemplarse; nadie supo si le hizo un hechizo, si es que hubo magia; sólo se supo que habían entrelazado sus manos.
Desde entonces no duraban lágrimas en aquel pueblo, desde entonces no se agachaba la mirada, desde entonces el cariño fue el sanador de cuanto se dañaba.
No pretendo mitigar un mito, ni acabar con su misterio pero aquel hombre era mago, tal cual un hechicero que responde a los males con un fraternal roce de sus manos. El cristal de su corazón, limpio y puro, tiene adentro un rastro de color rojizo, que cuando surgía la historia decían, lleva alma de sandía. Un hechicero de cristal
A quien llega sin siquiera imaginarlo siempre que necesito de su mano, para mi amigo Mikelo.
