Guerrero, luna nueva. Aspiras y meditas, tu arco enhebrado.
Sientes calma pero te invaden voces santas, féminas y apagadas.
Susurran tu muerte cercana porque al paraíso has de ser enviado;
te invade el honor de tu escudo, tu pelaje derrama lágrimas saladas.
Tu espada aún refleja los rostros de aquellos últimos,
¿inocentes?, tal vez fueran malditos y condenados por ti mismo.
Nadie sabe siquiera si conservas tus, frescos y lúcidos,
aquellos pensamientos de justicia, amor, todo optimismo.
Grandeza te acompaña a las puertas de tu Rey y señor
por ganar, la que él mandó y luchaste, inicua guerra.
¿Aún te lamentas por tu fatal destino? Astuto temor
que no apagas ni con valentía, pues risoria hace tu tierra.
A tu ida van las campanas que con clamor aturden tus oídos
porque tu llegada acompañan y las masas pasmosas quedan.
Dando tumbos en tu camino por llamar tu nombre, sentir tus latidos.
Y ni alfombra roja se asemeja a tu gran nombre, pues rezan
con pétalos de rosas, fina capa. Guerrero, sol naciente.
No pensabas que el fino cristal aguantara las penas
ni que la plata misma recubriera un corazón latiente
pero frío. Todavía esperas recobro y oyes algo que suena.
Voces, féminas y delicadas voces llamando a tu alma.
Salir querría tu ser de allá para ir al inframundo,
si bien prometen paraíso las voces tuercen tu palma,
se derroca tu destino: yacer con los fuertes, fin nauseabundo.
Brazos abiertos es el calor que reciben tus ojos,
porque ves claramente el despojo que tu señor ha dejado.
La alegría inunda tu mente, que ríe color fuerte y rojo.
Has sido traicionado, en cena veneno has derramado y vomitado.
Inevitable, fuiste al reino equivocado, y volcaste
toda tu historia a los que desapareciste, ahí seguiste.
Yelmo de punta afilada, de tejido titánico lleno de empastes.
Quitar no podrían pero tu cabeza cortaron, desapareciste.
Y aquellas voces que te invocaban maldad y sequía
son las que tomaste como agua fresca, paz inmerecida.
¿Por qué, guerrero lamentas tu final? Tus lágrimas esquían
tu faz, negras, casi secas, por tu piel de suicida.
Es el final, luna llena. A tu lado aullidos tenores
que la noche caminan con las estrellas. Llevan tu nombre
a ellas, y en su estela impregnan tu historia de honores,
o más bien de horrores, gritos de inocentes cuecen a este hombre.
Pelaje brillante, piel virgen por no haber tocado dama alguna,
es el Guerrero de la Fortuna; aunque siguiera camino impío,
se hiló en tela de seda en la luz nocturna, dolor en cunas
y dolor en dunas calmó, pues vidas quitaba por un mundo limpio.
Sientes calma pero te invaden voces santas, féminas y apagadas.
Susurran tu muerte cercana porque al paraíso has de ser enviado;
te invade el honor de tu escudo, tu pelaje derrama lágrimas saladas.
Tu espada aún refleja los rostros de aquellos últimos,
¿inocentes?, tal vez fueran malditos y condenados por ti mismo.
Nadie sabe siquiera si conservas tus, frescos y lúcidos,
aquellos pensamientos de justicia, amor, todo optimismo.
Grandeza te acompaña a las puertas de tu Rey y señor
por ganar, la que él mandó y luchaste, inicua guerra.
¿Aún te lamentas por tu fatal destino? Astuto temor
que no apagas ni con valentía, pues risoria hace tu tierra.
A tu ida van las campanas que con clamor aturden tus oídos
porque tu llegada acompañan y las masas pasmosas quedan.
Dando tumbos en tu camino por llamar tu nombre, sentir tus latidos.
Y ni alfombra roja se asemeja a tu gran nombre, pues rezan
con pétalos de rosas, fina capa. Guerrero, sol naciente.
No pensabas que el fino cristal aguantara las penas
ni que la plata misma recubriera un corazón latiente
pero frío. Todavía esperas recobro y oyes algo que suena.
Voces, féminas y delicadas voces llamando a tu alma.
Salir querría tu ser de allá para ir al inframundo,
si bien prometen paraíso las voces tuercen tu palma,
se derroca tu destino: yacer con los fuertes, fin nauseabundo.
Brazos abiertos es el calor que reciben tus ojos,
porque ves claramente el despojo que tu señor ha dejado.
La alegría inunda tu mente, que ríe color fuerte y rojo.
Has sido traicionado, en cena veneno has derramado y vomitado.
Inevitable, fuiste al reino equivocado, y volcaste
toda tu historia a los que desapareciste, ahí seguiste.
Yelmo de punta afilada, de tejido titánico lleno de empastes.
Quitar no podrían pero tu cabeza cortaron, desapareciste.
Y aquellas voces que te invocaban maldad y sequía
son las que tomaste como agua fresca, paz inmerecida.
¿Por qué, guerrero lamentas tu final? Tus lágrimas esquían
tu faz, negras, casi secas, por tu piel de suicida.
Es el final, luna llena. A tu lado aullidos tenores
que la noche caminan con las estrellas. Llevan tu nombre
a ellas, y en su estela impregnan tu historia de honores,
o más bien de horrores, gritos de inocentes cuecen a este hombre.
Pelaje brillante, piel virgen por no haber tocado dama alguna,
es el Guerrero de la Fortuna; aunque siguiera camino impío,
se hiló en tela de seda en la luz nocturna, dolor en cunas
y dolor en dunas calmó, pues vidas quitaba por un mundo limpio.