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Guerras en Oriente

José Luis Galarza

Poeta que considera el portal su segunda casa
El polvo en la atmósfera desprende los colores,
el gris dolor del aire suspende una vida.

El gris volátil planea
sobre la tristeza y el cambio irreversible,
la mirada niña y escombro
retiene pinzado junto al odio el perfume de Satán
que asola la niñez con la peste.

La maloliente piel purpúrea del flagelo
arde adentro por una vida
y recuerda con los huesos,
sahumerios en la devastación,
que el temblor sigue bajo la piel.

El pellejo sólo cubre
el resultado de la tormenta,
un espejismo bordea la carne pero el sueño
es interrumpido cuando prende la pena,
la combustión del pueblo.

Yace en el terreno baldío de los huesos
un hueco negro, inexplicable,
una protuberancia que nunca deja de crecer,
nunca deja de abarcar.

La mancha tiene vida desde que tengo
memoria de las guerras.
La infancia late desde que silban en la noche
la contorsión de los sueños,
el fuego que retuerce la seguridad,
que muerde esta debilidad
con su figura de perro,
desgarra la madera y la tranquilidad
y mantiene la vigilancia.

La mancha permanece inamovible,
crece con los años la protuberancia,
con sigilo. La presencia de las bestias
se forma para deshacer un lugar,
un hogar espeso y líquido, memorioso,
vigoroso, desalojado.

Qué harán las bestias con restos de infierno,
con lo que quede de oxígeno.
Bajo la lumbre diminuta de la salvación
puedes ver una figura,
es una niña o un niño,
la fragilidad presenta también sus colmillos.

Cuando arrodillados están abrazando el agua,
besando la frente de la orfandad,
cuando limpia con la tempestad,
con la vibración de toda el alma,
la posibilidad de mantenerse firme.

Cuando las lágrimas caen desoladas
de las vertientes más transparentes,
las letras se desparraman sobre el cuaderno
cargando ahora el lamento
que cabe aún en la mesa junto a las preguntas.

¿Puede plantar una sonrisa, iluminar todo
con esta decisión de borrar
hasta lo irrecuperable, con el tiempo
que no soltaste, el tiempo que quizás
fuera el lápiz y el mundo que tragó,
que permanece en el estómago
y en el hambre del lápiz?

Él o ella sigue siendo también
una fuente incipiente de cambios
sobre el cuaderno y sobre el ánimo,
quiere que salgan letras que representen
el ardor oculto en los huesos.

Salen sí manchas que se precipitan
hacia los países limítrofes,
ayudadas por el torrente de lágrimas.
En la misma angustia encuentra
el agua transparente y fresca,
la comezón por la vida que no espera
a que haya tranquilidad en el cielo,
porque en la tierra está este sentimiento
que cambia todo,
la imagen que conserva la fe
en lo que crece.
 
El polvo en la atmósfera desprende los colores,
el gris dolor del aire suspende una vida.

El gris volátil planea
sobre la tristeza y el cambio irreversible,
la mirada niña y escombro
retiene pinzado junto al odio el perfume de Satán
que asola la niñez con la peste.

La maloliente piel purpúrea del flagelo
arde adentro por una vida
y recuerda con los huesos,
sahumerios en la devastación,
que el temblor sigue bajo la piel.

El pellejo sólo cubre
el resultado de la tormenta,
un espejismo bordea la carne pero el sueño
es interrumpido cuando prende la pena,
la combustión del pueblo.

Yace en el terreno baldío de los huesos
un hueco negro, inexplicable,
una protuberancia que nunca deja de crecer,
nunca deja de abarcar.

La mancha tiene vida desde que tengo
memoria de las guerras.
La infancia late desde que silban en la noche
la contorsión de los sueños,
el fuego que retuerce la seguridad,
que muerde esta debilidad
con su figura de perro,
desgarra la madera y la tranquilidad
y mantiene la vigilancia.

La mancha permanece inamovible,
crece con los años la protuberancia,
con sigilo. La presencia de las bestias
se forma para deshacer un lugar,
un hogar espeso y líquido, memorioso,
vigoroso, desalojado.

Qué harán las bestias con restos de infierno,
con lo que quede de oxígeno.
Bajo la lumbre diminuta de la salvación
puedes ver una figura,
es una niña o un niño,
la fragilidad presenta también sus colmillos.

Cuando arrodillados están abrazando el agua,
besando la frente de la orfandad,
cuando limpia con la tempestad,
con la vibración de toda el alma,
la posibilidad de mantenerse firme.

Cuando las lágrimas caen desoladas
de las vertientes más transparentes,
las letras se desparraman sobre el cuaderno
cargando ahora el lamento
que cabe aún en la mesa junto a las preguntas.

¿Puede plantar una sonrisa, iluminar todo
con esta decisión de borrar
hasta lo irrecuperable, con el tiempo
que no soltaste, el tiempo que quizás
fuera el lápiz y el mundo que tragó,
que permanece en el estómago
y en el hambre del lápiz?

Él o ella sigue siendo también
una fuente incipiente de cambios
sobre el cuaderno y sobre el ánimo,
quiere que salgan letras que representen
el ardor oculto en los huesos.

Salen sí manchas que se precipitan
hacia los países limítrofes,
ayudadas por el torrente de lágrimas.
En la misma angustia encuentra
el agua transparente y fresca,
la comezón por la vida que no espera
a que haya tranquilidad en el cielo,
porque en la tierra está este sentimiento
que cambia todo,
la imagen que conserva la fe
en lo que crece.
Plasmas ese acontecer triste de la guerra, con una mirada poética, excelsa y real
No hay nada mas triste que una guerra, solo queda dolor y desolación... familias destruidas e incompletas.
Gracias, mi estimado, José Luis, por compartir tu arte con nosotros
Saludos y un cálido abrazo, poeta
 
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