Almudena
Poeta que considera el portal su segunda casa
Sobre la tapa
gris grafito veía las rosas;
caían por necia gravedad
cubriendo el féretro irremediable.
Las nubes desplomaban su rabia
al deslizarse por su cara;
fue de besos su piel,
un huracán de mentiras.
Lloraban
por los espejismos vestidos de
recuerdos.
Nunca existieron,
tan solo deseos de lo que los
niños creen.
La muerte quedó como
títere
con el que mofarse de sus brazos.
Estaba en mí;
plano, impar, central y simétrico.
Con ambas manos arranqué su apéndice,
gris grafito veía las rosas;
caían por necia gravedad
cubriendo el féretro irremediable.
Las nubes desplomaban su rabia
al deslizarse por su cara;
fue de besos su piel,
un huracán de mentiras.
Lloraban
por los espejismos vestidos de
recuerdos.
Nunca existieron,
tan solo deseos de lo que los
niños creen.
La muerte quedó como
títere
con el que mofarse de sus brazos.
Estaba en mí;
plano, impar, central y simétrico.
Con ambas manos arranqué su apéndice,
era una daga.
Moría mi mente;
el corazón desesperado buscaba
el óseo armazón de su escudo,
mientras, viendo la sangre correr
por mi torso
clavé mi esternón
en lo quedaba de su recuerdo.
Debió ser porque
nunca pude perdonarle.
Moría mi mente;
el corazón desesperado buscaba
el óseo armazón de su escudo,
mientras, viendo la sangre correr
por mi torso
clavé mi esternón
en lo quedaba de su recuerdo.
Debió ser porque
nunca pude perdonarle.
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