El Arethra
Poeta recién llegado
Motores que llamamos corazones.
Lo mecánico del llanto.
La fuerza inercial.
La costumbre de todas las cosas
que aprendieron a comerse
a todas las cosas.
Inhumanos por diseño divino.
Y sin embargo...
Aquí estamos.
En esta isla de ecos.
En el interior del cráneo
donde ahora llovizna.
Aquí estamos
con este mapa inservible de palabras masticadas,
borroneadas con el codo del olvido.
No hay nada para ti.
Los días son pilas de cajas vacías
y pasillos de hospital.
Ya sabes que eres viejo
que no tienen rostro los papeles
y que el amor te condena,
a desandar un camino,
en larga tortura de fantasmas.
No.
No eres el tiempo que corre
eres el tiempo que te deja
exponencialmente solo,
de cara al cielo raso.
Te verás haciendo planes,
rumiando fugas
o tormentas magistrales
que tardarán demasiado
y tus débiles criaturas
caerán sobre el mundo
sin dejar huella.
Habrá que romperse la crisma
contra el rayo,
arrastrar la piedra de una larga enfermedad,
o como un Cristo ignoto, morirse entre enemigos.
Y volver a intentarlo,
una y otra vez.
Para eso vinimos.
Para eso vinimos a la tierra
tu y yo,
para que el tiempo se alimente,
de la carne y de los sueños
para darle un nombre nuevo
a viejas torceduras.
Lo mecánico del llanto.
La fuerza inercial.
La costumbre de todas las cosas
que aprendieron a comerse
a todas las cosas.
Inhumanos por diseño divino.
Y sin embargo...
Aquí estamos.
En esta isla de ecos.
En el interior del cráneo
donde ahora llovizna.
Aquí estamos
con este mapa inservible de palabras masticadas,
borroneadas con el codo del olvido.
No hay nada para ti.
Los días son pilas de cajas vacías
y pasillos de hospital.
Ya sabes que eres viejo
que no tienen rostro los papeles
y que el amor te condena,
a desandar un camino,
en larga tortura de fantasmas.
No.
No eres el tiempo que corre
eres el tiempo que te deja
exponencialmente solo,
de cara al cielo raso.
Te verás haciendo planes,
rumiando fugas
o tormentas magistrales
que tardarán demasiado
y tus débiles criaturas
caerán sobre el mundo
sin dejar huella.
Habrá que romperse la crisma
contra el rayo,
arrastrar la piedra de una larga enfermedad,
o como un Cristo ignoto, morirse entre enemigos.
Y volver a intentarlo,
una y otra vez.
Para eso vinimos.
Para eso vinimos a la tierra
tu y yo,
para que el tiempo se alimente,
de la carne y de los sueños
para darle un nombre nuevo
a viejas torceduras.
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