Orfelunio
Poeta veterano en el portal
Gimnasio en Nueva York
Para gays, para bises,
para heteros,
para luteros y mandelas,
para los mister y las mises,
para los ricos y los pobres,
para papistas que no estorben
Tengo un gimnasio en Nueva York.
Para guevaras y candelas,
para gitanos, para payos,
para manolos y manuelas,
para guardias civiles de raso
y militares de franela
Tengo un gimnasio en Nueva York.
Bajo las piedras de cierta escollera,
donde está todo lleno de moluscos,
de lapas, y pitas en pitos pedruscos,
y se suben y bajan escaleras,
para que hagan buenas faenas
entrenadas las piernas en músculos
y no hayan agujetas de penas
Tengo un gimnasio en Nueva York.
Al que nunca fui en primavera,
pues el campo me reclama
para que hable un poema de hierba,
y deje suspenso en el aire
Que en el aire también nos entrenan
las nubes que llevan las fieras,
que son las palabras escritas,
el dedo, con que se hace la mella,
la llaga que en el músculo grita,
y todo de blanco espera la sangre,
roja encontrar la salida.
Tengo un gimnasio en Nueva York,
que está cerrado, esperando la mano,
la mano de un lord culturista
que quite al sepulcro la piedra.
En los montes sin forma
no se divisan las fronteras;
había un cielo acartonado,
el gimnasio eran las huellas;
los lavabos, lavanderas,
los laureles sus quimeras.
El humano desgastado,
hecho un dios en su ceguera,
se quedó desenfundado
sin quitar las pistoleras.
Tengo un gimnasio en Nueva York,
y aunque no se lo crean,
sin ser verdadero, yo voy;
y les invito de veras,
que de primas y ceras,
en rimas estoy.