Al final del sueño vital,
Cuando la blanca cortina se abra
Y la pantalla fundida en negro se quede,
El ordenador de nuestra existencia
Se apagará
Y no habrá opción de reiniciar.
La máquina de nuestro cerebro,
Como cualquier artefacto,
Obsoleto y roto,
Dejará de funcionar
Y no habrá,
A pesar de creencias imposibles,
Una segunda oportunidad.
Porque el cielo y el infierno,
Una u otra opción,
Ya los pudimos, padecer ó disfrutar,
En el transcurso de los años
Que van desde la niñez a la vejez
De manos del caprichoso azar.
Y éste, el azar,
No tiene reglas
ni posible control,
Y la bondad,
La mayor de las veces,
Es torturada
Por una insistente fatalidad
Que no conmueve
A ángeles silenciosos
Que su mano al desventurado,
No tienden,
Sin lograr su merecida
Recompensa final.
Sin embargo,
Seres abyectos, abominables,
Más parecidos a serpientes ponzoñosas,
Disfrutan y gozan
De privilegios y fortuna,
Sin obstáculos a su paso,
Ni castigo divino,
Que les condene a la tumba,
Ni justicia ciega que abra los ojos
Y los transforme en piedra.
Si eres afortunado,
Tu trozo de gloria tendrás
Si tu sitio sabes hallar
Y encontrar a alguien
Que de verdad te ame
Y a quien amar.
Pero, no es lo habitual.
El camino hacia la muerte
Es un eterno buscar;
Nunca descubrir la satisfacción
Que no te empuje a querer más,
Porque el vacío interior
Resulta muy difícil de calmar
Y aun más, de alimentar.
Quizás tu recuerdo quede
En los que dejas atrás,
Aunque la memoria es débil
Y ese retrato que sobre ti atesoran,
¿será la verdad?.
Porque sólo tú sabes
Como sientes y reaccionas,
Lo que hace que tu piel palpite
Y es imposible,
Que otro,
Por mucho que a tí te ame,
Te conozca en realidad,
Con todas tus aristas imperfectas
Y tu oculta oscuridad,
Que se perderán
En la tierra insensible
Que tu huella, borrará.
Cuando la blanca cortina se abra
Y la pantalla fundida en negro se quede,
El ordenador de nuestra existencia
Se apagará
Y no habrá opción de reiniciar.
La máquina de nuestro cerebro,
Como cualquier artefacto,
Obsoleto y roto,
Dejará de funcionar
Y no habrá,
A pesar de creencias imposibles,
Una segunda oportunidad.
Porque el cielo y el infierno,
Una u otra opción,
Ya los pudimos, padecer ó disfrutar,
En el transcurso de los años
Que van desde la niñez a la vejez
De manos del caprichoso azar.
Y éste, el azar,
No tiene reglas
ni posible control,
Y la bondad,
La mayor de las veces,
Es torturada
Por una insistente fatalidad
Que no conmueve
A ángeles silenciosos
Que su mano al desventurado,
No tienden,
Sin lograr su merecida
Recompensa final.
Sin embargo,
Seres abyectos, abominables,
Más parecidos a serpientes ponzoñosas,
Disfrutan y gozan
De privilegios y fortuna,
Sin obstáculos a su paso,
Ni castigo divino,
Que les condene a la tumba,
Ni justicia ciega que abra los ojos
Y los transforme en piedra.
Si eres afortunado,
Tu trozo de gloria tendrás
Si tu sitio sabes hallar
Y encontrar a alguien
Que de verdad te ame
Y a quien amar.
Pero, no es lo habitual.
El camino hacia la muerte
Es un eterno buscar;
Nunca descubrir la satisfacción
Que no te empuje a querer más,
Porque el vacío interior
Resulta muy difícil de calmar
Y aun más, de alimentar.
Quizás tu recuerdo quede
En los que dejas atrás,
Aunque la memoria es débil
Y ese retrato que sobre ti atesoran,
¿será la verdad?.
Porque sólo tú sabes
Como sientes y reaccionas,
Lo que hace que tu piel palpite
Y es imposible,
Que otro,
Por mucho que a tí te ame,
Te conozca en realidad,
Con todas tus aristas imperfectas
Y tu oculta oscuridad,
Que se perderán
En la tierra insensible
Que tu huella, borrará.