Roberto Elenes
Poeta recién llegado
Sentado en un diván del firmamento,
buscando la esperanza teñida de azul,
pletórica de infantiles ilusiones,
miro a la muerte que roció su perfume sobre tu lecho,
escupiendo tus ojos con una saliva tan espesa
como la nata, sellando tus pestañas.
Tras darte a probar tierra de algún cementerio,
besa tu boca y te haces costra y te engarruñas;
arqueando sus cejas, que son dos flechas
encontradas,
sensual acaricia su pubis liso y rosado,
depositando la perla de su clítoris en tus labios,
y miro que te asfixias y tu cara se vuelve púrpura,
pareces una Macarena con el rostro despostillado,
entonces una voz me anuncia:
“Cristal que rompe cristal,
descubre la transparencia”.
Y se rompe el hechizo cuando abres
tus ojos de ópalo,
que amoroso lavo con agua de manzanilla,
mientras platicas que al despertar sentiste
como si alguien —de sopetón—
te hubiera sacado del hoyo.
buscando la esperanza teñida de azul,
pletórica de infantiles ilusiones,
miro a la muerte que roció su perfume sobre tu lecho,
escupiendo tus ojos con una saliva tan espesa
como la nata, sellando tus pestañas.
Tras darte a probar tierra de algún cementerio,
besa tu boca y te haces costra y te engarruñas;
arqueando sus cejas, que son dos flechas
encontradas,
sensual acaricia su pubis liso y rosado,
depositando la perla de su clítoris en tus labios,
y miro que te asfixias y tu cara se vuelve púrpura,
pareces una Macarena con el rostro despostillado,
entonces una voz me anuncia:
“Cristal que rompe cristal,
descubre la transparencia”.
Y se rompe el hechizo cuando abres
tus ojos de ópalo,
que amoroso lavo con agua de manzanilla,
mientras platicas que al despertar sentiste
como si alguien —de sopetón—
te hubiera sacado del hoyo.