danie
solo un pensamiento...
Un fragmento de la espesa eternidad
se derrama del cuerpo pálido e inerte
que descansa en un lienzo con el extinto respiro,
cual aliento juega una partida de dados con la muerte
y en cuya suerte le expuso los hados del destino;
me pregunto mientras observo al reflejo inmutado de un firmamento
en los ojos del adiós:
¿Por qué el progenitor del tiempo
cuya guadaña oscilante sella con su filo el ataúd de la vidorria,
nos cela sin resguardo?
En un instante las sombras acechan al ser
y lo proscriben del terruño existencial;
el fin de un camino sepultando el linaje y sus semillas marchitas…
¿Por qué nos apaleamos con un designio
que en muchos casos queda inconcluso y sin termina?
Un designio que no alcanza por construirse
en las ínfimas sendas de un camino…
¡Por qué son rasgos divinos el de no ser eterno
y no hastiarse con el empalagoso respiro celestial!
Pero siempre antes de tiempo
nos extirpan de la aglomerada comarca terrenal,
como un fruto verde que cae del árbol,
un brote del pimpollo de una flor sin luz ni agua,
un río que nunca llegará a desembocar en su cauce.
Es que nuestra materia es un fragmento de una minúscula partícula
flotando en la calina y su nubosidad de oxígeno, líquido y aire;
un eslabón más que la tierra a de fisgar,
polvo de cenizas de un ámbito de cólera execrable,
una molesta polución que mancilla
para bien o mal, la integración de esta gran posesión.
Aquí, en el tiempo amorfo y monocromático
y sus arenas del arcaico péndulo que tapan mis respiración
son un segmento de un trazo
que deja sus huellas borradas por el viento,
es que en el morir se desvanecen nuestros sueños
junto al propio cadáver de la progenie
y nuestra mitigada hija (la vida)
nace de las oscuridades que sepultaron la arcana casta.
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