Francisco Lechuga Mejia
Poeta que no puede vivir sin el portal
Cada tarde de sábado se reunían alrededor de la laguna seca todos los habitantes del pueblo. Se sentaban formando un círculo cada vez menos extenso sin fijarse en el orden en que lo hacían, jamás les importó que el hijo de ésta familia estuviera al lado de la hija de aquella otra o que la niña pequeña de Jacinta se acurrucara en los brazos de Ezequiel. El orden o desorden no les importaba, se reunían ahí, con los pies hundidos entre la cal y el polvo de la laguna seca para reunir toda la esperanza posible, deseando con todo el corazón que la tarde se apiadara de ellos y un día, por fin, el día les regalara el atardecer más triste de toda la eternidad.
Cuando el sol acariciaba el lomo árido de la lejana cordillera y tornaba su brillante color dorado en un pálido naranja, todos, sin excepción, guardaban el más piadoso silencio y extraviaban su mirada en el horizonte suplicando al cielo que hoy sí fuera el atardecer más triste y sombrío de cuantos hubieran ocurrido en la realidad y de todos los que jamás pudieran inventarse en novela alguna. Todos se tomaban de la mano haciendo una cadena, los más viejos apretaban las que esa tarde les correspondía en turno enterrando con toda la fuerza que les quedaba las uñas en las palmas de los vecinos. De las manos más tiernas salía un hilillo de sangre que en cuanto tocaba el suelo la laguna seca se bebía con tal avidez que bien se podría jurar que en ninguna ocasión ahí, en esa cuenca baldía, hubiese corrido agua cristalina llena de vida. Esa laguna, apenas hace algunos lustros, había muerto de sed y todos en el pueblo sabían que nada, absolutamente nada la reviviría, pero de igual forma nada, absolutamente nada les iba a impedir continuar, mientras tuvieran esperanza, seguir cada sábado con ese rito lleno de fe.
Así pues, cada sábado al ocultarse el sol y cuando el horizonte más se encendía detrás de la lejana cordillera como si allá lejos de las miradas el demonio hubiera encendido una gigantesca pira de los sacrificios, las viudas y quienes tenían muerto reciente emitían largos ayes que intentaban contagiar a los demás corazones. Nada era suficiente, el atardecer que ponía lo suyo junto con el dolor de quien más sufrían en el pueblo, ocasionaba harta tristeza y melancolía, pero no bastaba para provocar en cada uno el llanto que todos anhelaban para llenar, por lo menos de agua salada, aquella laguna seca…
Due 5.10.13

Cuando el sol acariciaba el lomo árido de la lejana cordillera y tornaba su brillante color dorado en un pálido naranja, todos, sin excepción, guardaban el más piadoso silencio y extraviaban su mirada en el horizonte suplicando al cielo que hoy sí fuera el atardecer más triste y sombrío de cuantos hubieran ocurrido en la realidad y de todos los que jamás pudieran inventarse en novela alguna. Todos se tomaban de la mano haciendo una cadena, los más viejos apretaban las que esa tarde les correspondía en turno enterrando con toda la fuerza que les quedaba las uñas en las palmas de los vecinos. De las manos más tiernas salía un hilillo de sangre que en cuanto tocaba el suelo la laguna seca se bebía con tal avidez que bien se podría jurar que en ninguna ocasión ahí, en esa cuenca baldía, hubiese corrido agua cristalina llena de vida. Esa laguna, apenas hace algunos lustros, había muerto de sed y todos en el pueblo sabían que nada, absolutamente nada la reviviría, pero de igual forma nada, absolutamente nada les iba a impedir continuar, mientras tuvieran esperanza, seguir cada sábado con ese rito lleno de fe.
Así pues, cada sábado al ocultarse el sol y cuando el horizonte más se encendía detrás de la lejana cordillera como si allá lejos de las miradas el demonio hubiera encendido una gigantesca pira de los sacrificios, las viudas y quienes tenían muerto reciente emitían largos ayes que intentaban contagiar a los demás corazones. Nada era suficiente, el atardecer que ponía lo suyo junto con el dolor de quien más sufrían en el pueblo, ocasionaba harta tristeza y melancolía, pero no bastaba para provocar en cada uno el llanto que todos anhelaban para llenar, por lo menos de agua salada, aquella laguna seca…
Due 5.10.13

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