El cielo está empedrado de amatistas.
¿No oyes su triste y luminoso encanto?
El cáliz desbordante que salpica.
La túnica manchada por los versos.
Laúdes ahuecados de intemperie.
El aserrín fragante de los cedros.
Y luego médanos y más arena.
Dunas talladas a formón y martillo.
A trazo de beduino y de serpiente:
la harina de los cardos se hizo estepa.
Tarde he encontrado los mojones pero
la clave en el desierto es el engaño.
Qué eternidad inútil, sin embargo
su hechizo miserable me conmueve.
El cielo está empedrado de amatistas.
Puro es el hilo salobre del llanto.
Indigna de mensura y otros moldes,
la soledad decanta, carne y sueño.
En vano cimbro el remo en ese abismo:
los huesos son un límite arbitrario.
Podría transcribir, quizás, el polvo,
la flor incombustible del ocaso.
La arcilla estéril con que labro un templo.
Su frágil recipiente casi esponja.
Podría pero es tinta que se agota
al mínimo recreo de otro cuerpo.
El cielo está empedrado de amatistas.
Oscura es la ceniza del lucero.
Solemne y cotidiano arrojo el libro,
palabra abajo, al centro de la niebla.
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