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Experiencia inolvidable
Serían las cinco de la tarde de un fin de semana de enero de mil novecientos setenta y nueve, cuando diez chicos y cuatro chicas nos bajábamos del tren en el pueblo de Navacerrada, cada cual con su macuto a la espalda repleto de ganas por vivir una bonita experiencia más en la sierra. Recuerdo que estaba todo nevado y hacía bastante frío pero antes de emprender la marcha de seis kilómetros que separaban la estación del refugio al que íbamos a pasar la noche, Carlos (al que me unía una fuerte amistad, hoy tristemente fallecido, era quien se encargó de organizarlo todo y jefe del grupo), sugirió ir a un bar para meter algo caliente al cuerpo, sugerencia que no vacilamos en aceptar de muy buena gana.
Una hora más tarde aproximadamente, después de habernos tomado buenas tazas de chocolate, decidimos emprender la marcha para evitar que la noche nos sorprendiera por el camino, objetivo que no pudimos cumplir ya que nos pilló justo en el punto en que dejábamos la carretera para comenzar a subir kilómetro y medio por un camino de la montaña que nos llevaría hasta el refugio. A penas llevábamos quince minutos subiendo por la vereda toda nevada (cuya nieve llegaba casi hasta la rodilla) cuando dos de las chicas empezaron a quejarse de los pies diciendo que les dolían mucho y que los tenían empapados, cosa que no era de extrañar si uno no llevaba bien cerradas las botas pero la sorpresa fue cuando vimos el calzado que usaban, ¡no me lo puedo creer, pensé! y casi, como si de un ensayo se tratara, dijimos al unísono...
¡Pero a quién se le ocurre venir a la nieve con eso! Llevaban puestos unos botines cuyo refuerzo era de tela que se llamaban Chirucas y claro, de ahí les venía todo, pies empapados y dolorosos. Por fin, media hora más tarde llegábamos al refugio después de haber completado la subida alternándonos sus mochilas que afortunadamente no era muy grandes ni pesadas pues se veían incapaces de avanzar con la carga. Mientras Carlos fue a buscar al encargado del refugio, quien residía en una especie de cabaña de piedra a unos doscientos metros, las chicas en cuestión se quitaron el calzado y empezaron a secarse los pies pero uno de los chicos al que cariñosamente le llamábamos “loco”, por sus repentinas ocurrencias disparatadas sólo que esta vez muy acertada, sacó de su macuto un frasco de plástico cuyo contenido no era otra cosa que gasolina y sin pensarlo con unas ramas que cogió previamente y papeles que había en las papeleras del porche del refugio, hizo una pequeña fogata al lado de la puerta para que las chicas calentasen sus pies.
Ciertamente el sitio en el que íbamos a pasar el sábado y casi todo el domingo no era un refugio como la palabra lo envuelve, de explicarlo se encargaría Carlos quince minutos más tarde. Antes de que Juan (que era quien se encargaba de que no entrara nadie) abriera el portón, Carlos disimuladamente me hizo un guiño y empezó a contarnos que era donde estábamos a punto de pasar la noche. Esbozando una leve sonrisa, comenzó diciendo..."Bienvenidos al antiguo hospital de leprosos."
(Era cierto, en tiempos de la guerra Civil este hospital fue utilizado al margen de civiles, también por soldados de la guerra que padecían tuberculosis y otras enfermedades como la lepra).
Continuó diciendo los misterios o leyendas que rodeaban al hospital y de fenómenos extraños que mucha gente que pernoctó dijeron haber sufrido. (Una bonita manera de invitarnos a entrar.) Gente que aseguraban haber visto sombras por pasillos durante el día, gritos de lamentos, ruidos de cadenas o voces por la noche provenientes de habitaciones contiguas y para rematar, nos dijo riéndose... "No os preocupéis, no hay luz, pero tenemos linternas".
A la mañana siguiente, después de pasar la noche en la primera y oscura planta en una habitación que parecía ser una sala por la dimensión que tenía, de la que no salimos porque había más miedo que otra cosa y a penas haber podido dormir bien, una vez alimentados nos pusimos a recorrer pasillos y plantas del hospital. Francamente aquello era muy tétrico, el escenario perfecto con un entorno propicio para una película de terror, opinábamos todos. Habitaciones cuyas paredes parecían tener manchas de sangre seca, algunas camas antiguas sin colchón, retales de ropa negra, alguna zapatilla de la época negra pero lo que más llamó la atención fue una habitación al fondo del pasillo que debió ser improvisada para algún cura ya que había un confesionario un tanto deteriorado cuyo olor a madera podrida y seca llenaba el ambiente. Cuando ya recorrimos todo el hospital, salimos a la explanada como sacudiéndonos de lo que habíamos visto para deleitar los ojos con el paisaje todo nevado y llenar de aire puro los pulmones. Fue entonces cuando me percaté de un edificio blanco alargado con tres plantas de aspecto bien conservado a unos doscientos metros a mi izquierda, lógicamente no fui el único así que la curiosidad despertó nuestro interés pero en el momento en que nos disponíamos a indagar, vimos que Carlos venía de esa dirección... " Bien chicos os tengo preparada una sorpresa" nos dijo con tono guasón, si no fuera porque ya le conocía, diría que algo no muy grato se traía entre manos.
"Vamos a realizar -proseguía con rostro serio - a las once, una visita guiada por el Director y ayudante a ese edificio que estáis viendo pero no es un edificio cualquiera, es un hospital psiquiátrico en el que también hay personas con Síndrome de Down, cuanto vais a ver no va ser nada agradable así pues, los que no estén preparados para ello, que no vengan". No hubo nadie quien se negará, la intriga por conocer un mundo totalmente distinto y desconocido para nosotros era mucho más fuerte que el disfrutar de lo que la Naturaleza nos brindaba. A las once en punto entrábamos al hall del hospital como si estuviésemos entrando en una catedral, todos en silencio, dando pasos cortos observando con detenimiento cada detalle. Cinco minutos más tarde se presentaba el Director del centro Señor Armando quien con leve sonrisa estrechaba la mano a cada uno de nosotros dándonos la bienvenida a la vez que nos presentaba a su ayudante... " Lo que vais a ver no es nada agradable, os pido por favor que no os separéis y evitéis fijar la mirada en los ojos de los pacientes en las dos primeras plantas, podría ser que alguno lo malinterpretase, muchas gracias" nos dijo muy amablemente.
Acto seguido con Armando encabezando la visita junto con el ayudante y Carlos, empezamos a subir las escaleras que nos llevarían a la primera planta y fue traspasar el umbral de la puerta doble que separaba el rellano de las escaleras del pasillo de las habitaciones, cuando mis ojos se abrieron como platos, acabábamos de entrar en otro mundo. Aquello no parecía un hospital, más bien era un penal, ventanas enrejadas, algunos pacientes con correas unidas de pies y manos andando por el pasillo, otro al que dos enfermeros trataban de sujetarle para ser medicado (nos iba diciendo el ayudante)
sencillamente algo muy impactante pero las palabras que dijo Armando no me valieron de nada, me resultaba imposible no mirar esos ojos cuya expresividad hablaba por si sola. Pacientes semidesnudos o totalmente, uno al que le faltaba un trozo de oreja producto de una pelea (precisamente es el más tranquilo -dijo el ayudante - Este área no suele ser conflictiva, la segunda es donde están los peores pero la mayoría están en sus habitaciones - concluyó ) Efectivamente, en la segunda planta a penas había diez enfermos andando por el pasillo, los demás estaban encerrados en sus habitaciones tal como dijo pero si esto me causó fuerte impacto, lo que había una planta más arriba fue peor. No sabía cómo definir lo que estaba viendo, el mundo desapareció bajo mis pies, un latigazo de escalofrío me recorrió todo el cuerpo, me sentí completamente sólo, no oí nada durante unos segundos cuando vi por el pasillo a todas esas personas de mediana y mayor edad fijando sus miradas en nosotros con cara de asombro.
La mayoría son huérfanos – comentaba el Director - otros los han traído porque no pueden hacer frente a los gastos que precisan pero lo más penoso lo vais a ver ahora.
Llegamos al final del pasillo, a la izquierda había una puerta doble abierta de par en par y francamente más de uno incluido yo no pudimos evitar exclamar ¡Joder! a la vez que nos girábamos por no dar crédito a quienes acabábamos de ver.
Niños, niños que según Armando, el que menos tenía era cinco añitos y el que más trece, niños a los que sus padres les renunciaron dejándolos en la puerta del hospital y otros al dejarlos, dieron direcciones falsas con teléfonos inexistentes. Hubo una niña que me llamó la atención de entre cuantos estaban allí, tenía seis añitos, pelo castaño con una carita redonda preciosa pero sus ojos, sus grandes ojos azules no se me olvidaron ni olvidarán nunca.
Tras pedir permiso al ayudante de si podía acercarme a ella y acceder, no lo dudé ni un segundo, me acerqué despacio, sonriéndole, ella clavó su mirada en la mía y cuando estaba a escaso medio metro, me senté en el suelo y acaricié su mejilla mientras le decía un hola lleno de ternura. Al principio no decía nada, sólo se limitaba a mirarme y ver como cogía su dulce mano diciéndole cosas, de pronto se libró de mi mano girándose y se fue a una mesa en la que había varios muñecos de trapo, cogió un osito y desde la mesa extendió sus bracitos ofreciéndomelo. ¡Para mí! - dije sonriéndole - mientras me acercaba sin dejar de contemplar el cielo de sus ojos. Por mi cabeza pasaban un sinfín de preguntas Entretanto, Sofía, (así me dijo el ayudante que le pusieron) no dejaba de decirme cosas que a duras penas podía entender. Habían pasado casi dos horas desde que entramos al otro mundo cuando Armando nos dijo que lamentablemente teníamos que dar por concluida la visita. Me costó un triunfo tener que despedirme de Sofía pues le había cogido mucho cariño así que opté por decirle cuidadosamente para que me entendiera que me tenía que marchar pero fue terminar la frase y sus bracitos se extendían para rodear mi cuello. No pude evitar el brote de alguna lágrima mientras sentía como se aferraba con fuerza, como tampoco pude evitar besar sus mofletes rosados pero cuando el enfermero se disponía a cogerle diciéndole que iban a comer, Sofía me propinó el beso más dulce que me habían dado nunca, ¡venga, a comer Sofía! exclamé a duras penas.
En el viaje de vuelta las anécdotas vividas mientras íbamos hacia el refugio, alguna historia de miedo cuando subíamos por la montaña ya de noche que Carlos se procuró muy bien y las bromas en el hospital eran comentadas entre carcajadas pero lógicamente la experiencia de visitar el psiquiátrico fue lo más argumentado.
Yo no podía dejar de preguntarme cómo podía haber personas, esas que se llaman padres o seres humanos, que no tuvieran un poquito de amor hacia sus hijos que nacen con esta enfermedad. Qué clase de sangre tienen para ser capaces de abandonarlos sin inmutarse. Cómo podía haber gente que al cruzárselos por la calle, les miren de arriba a abajo o otros se aparten temerosos de su integridad física. ¿A caso saben si esa actitud no les duele? ¿Qué diferencia hay entre ellos y nosotros?
¿Por qué muchos les dan la espalda? Es posible que lo hallemos en su forma de hablar, de caminar, de comportarse, pero somos totalmente iguales en la forma de mirar, de sentir, ¡ Sí ! somos diferentes a ellos, son lo que nosotros nunca seremos, almas blancas e inocentes.
Poco antes de que Carlos falleciera, se enteró por medio de un amigo suyo que tiempo después de nuestra visita, todos los que padecían Síndrome de Down los trasladaron a un centro más especializado y que la niña Sofía así como otros niños habían encontrado familias de adopción, dejando el hospital sólo para enfermos mentales cuyo centro cerró si mal no recuerdo en mil novecientos noventa y tres.
Fuimos en busca de una nueva experiencia y sin duda la encontramos, fue la vivencia más hermosa que he tenido en la sierra y seguramente también para mis amigos, sobre todo mi inolvidable Carlos.
Luis
Derechos reservados
Bello relato, descripciones unicas para que el lector se defina en la historia.
Emociones volcadas viendo la experiencia que va dejando como un
semblante de lucha. todo se puede hacer mejor, al repirar todavia
la sierra inunda aquellos inolvidables instantes. excelente.
saludos de luzyabsneta