ETERNO RENACER DE LA POESÍA.
Ay del nebuloso corazón,
aquel del poeta asesinado
perdido en remotas circunvoluciones,
o tal vez entre las milenarias catarsis,
allá, en los anaqueles remotos
de una farmacia de guardia.
Podéis disfrutar con su agonía
-los miércoles, entrada gratuita-
en 13, Rue de Chaussée d'Antin, en el 9ème,
Veréis sus latidos-lamentos,
-los propios de un poeta asesinado-
en el sonoro golpear del mercurio
sobre el vidrio,
y recordaréis al instante
vuestras propias noches de amor
a la luz del último candil de la posada.
Crímenes menores, si queréis,
crímenes sin memoria, pero crímenes al fin.
Porque habéis de saber,
admiradores de las antiguas farsas,
que un poeta permanece
como guardián de sus versos
en la noche dolorida,
entre los coches de punto
aparcados para espanto de turistas,
en la cercana estación de Saint-Lazare,
o, quien sabe, en vuestro propio corazón,
espejo y clave de la poesía futura.
Y siempre, porque así lo quiso aquel poeta
cuyo corazón se desmembra
en el argénteo hidrargirio de las horas,
siempre habrá una Tristouse Ballerinette
con un reloj desmoronado entre sus pechos
para dar vida mortal al poeta renacido, tú.
Ya no marcan horas sus agujas,
fijas quedaron en tu último suspiro,
cuando creíste que el amor, tu amor humano,
había ganado la batalla en Waterloo.
Porque ella es la Poesía
y muchos son sus amantes entre dioses.
Ay del nebuloso corazón,
aquel del poeta asesinado
perdido en remotas circunvoluciones,
o tal vez entre las milenarias catarsis,
allá, en los anaqueles remotos
de una farmacia de guardia.
Podéis disfrutar con su agonía
-los miércoles, entrada gratuita-
en 13, Rue de Chaussée d'Antin, en el 9ème,
Veréis sus latidos-lamentos,
-los propios de un poeta asesinado-
en el sonoro golpear del mercurio
sobre el vidrio,
y recordaréis al instante
vuestras propias noches de amor
a la luz del último candil de la posada.
Crímenes menores, si queréis,
crímenes sin memoria, pero crímenes al fin.
Porque habéis de saber,
admiradores de las antiguas farsas,
que un poeta permanece
como guardián de sus versos
en la noche dolorida,
entre los coches de punto
aparcados para espanto de turistas,
en la cercana estación de Saint-Lazare,
o, quien sabe, en vuestro propio corazón,
espejo y clave de la poesía futura.
Y siempre, porque así lo quiso aquel poeta
cuyo corazón se desmembra
en el argénteo hidrargirio de las horas,
siempre habrá una Tristouse Ballerinette
con un reloj desmoronado entre sus pechos
para dar vida mortal al poeta renacido, tú.
Ya no marcan horas sus agujas,
fijas quedaron en tu último suspiro,
cuando creíste que el amor, tu amor humano,
había ganado la batalla en Waterloo.
Porque ella es la Poesía
y muchos son sus amantes entre dioses.