Zulma Martínez
Mar azul...
Allí, casi en el centro de mi pequeña ciudad, estaba ella: puntual, grandiosa en su esencia, plantada en ese espacio estratégico como punto de unión entre los pueblos. Era parada obligatoria o casual, ánfora repleta de emociones, de despedidas eternas, de encuentros... o de ilusiones fallidas.
A veces, rebosaba gentío; se estremecían sus fibras al compás de las llegadas y partidas de los trenes, y se desgastaban bajo los pasos presurosos de tantas almas apuradas.
De vez en cuando, se conmovía ante la lágrima larga que corría por el rostro de alguna niña cuando despedía, en sinfonía de adioses, a esa persona de sol, a esa tía toda sonrisa que le dejaba un beso tibio en la mejilla y le prometía volver; o era testigo de un tierno adiós de enamorados; o trataba de adivinar esa pena en la mirada perdida de los viajeros solitarios.
Otras veces, se arrebujaba en nocturnas soledades. Entonces, se quedaba en silencio, adormecida entre las agujas implacables de sus relojes.
Ya volverían la madrugada y el silbato del primer tren a rescatarla, como todos los días de su existencia, de tan misterioso ensueño.
A veces, rebosaba gentío; se estremecían sus fibras al compás de las llegadas y partidas de los trenes, y se desgastaban bajo los pasos presurosos de tantas almas apuradas.
De vez en cuando, se conmovía ante la lágrima larga que corría por el rostro de alguna niña cuando despedía, en sinfonía de adioses, a esa persona de sol, a esa tía toda sonrisa que le dejaba un beso tibio en la mejilla y le prometía volver; o era testigo de un tierno adiós de enamorados; o trataba de adivinar esa pena en la mirada perdida de los viajeros solitarios.
Otras veces, se arrebujaba en nocturnas soledades. Entonces, se quedaba en silencio, adormecida entre las agujas implacables de sus relojes.
Ya volverían la madrugada y el silbato del primer tren a rescatarla, como todos los días de su existencia, de tan misterioso ensueño.
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