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Escribir un paseo

Sommbras

Poeta adicto al portal
.
Escribir un relajado paseo es como sumar calles. Como sumar canciones que nos gustan. Te sientas ante el folio, escribes el nombre del lago, describes el quiosco del parque que disfrutaste, y brotan jardines, ventanas y cisnes, por entre las frases.

Porque nunca te detienes en la misma flor, siempre es saludable un pequeño paseo caminando a la velocidad de las flores, para llegar a comprender que vivir es ver morir lo que se ama.

Ave el paseo.
Descubrir lirios recién regados temblando; asombrarte ante un festín de las hormigas; y siempre siguiendo hacia delante, caminando y respirando hacia atrás; porque el aire es más pequeño entre palmeras, los colores son más vivos, más penetrantes, y más cuando los ensamblas con el blancor del hombro que amas. Aunque realmente, en el paseo de un poeta, éste se va acostando con todas las flores que encuentra en sus ojos, porque mujeres son las flores, de colores las flores: mujeres.

Si te dijesen que no escribas paseos, no te fíes. Porque dicen que los escritores que apenas salen de sus casas difícilmente observan. Que los ensayistas construyen sus escritos sin olores, las palabras sin tonalidades. Notarios satisfechos todos ellos, dicen, porque ignoran que los dedos pueden tener luz. Como las yemas de las flores, que un poeta saben crecen en luz de sueños cuando se le mueren.

Y si te indicasen que escribas paseos, también desconfía. Porque si uno siempre sueña con lo que no hace, hay escritores en cama que ven más allá de las paredes y surcan todos los mares. El mar, la mar, la pueden hacer llegar a su habitación cuando ellos quieran. En una taza de café, en la lámpara del techo, hasta doblan la lluvia para guardársela a los ángeles. Así después la sed del folio.


Arañan las frases en el vientre del papel no-escrito recordando el paseo.
Arañan, aun cuando el paseo haya sido pequeño. Porque pequeño también es siempre el beso de un niño, pero es beso, y como beso empiezas a despertarlo en cualquier sueño.

Un escritor siempre grita, aroma, por cada folio que transita. Pero ahora está el silencio.
La mano quieta.
Los ojos perdidos.
--
Ahora se impregnaron de silencio las cortinas, que son hierba.
Cuánto trabajó el sol para ese trozo amarillento del tapiz, piensas girando y girando el lapicero…
--
Pero luego, desde lo no-escrito, te quedas quieto observando las nieves del folio.
Oyes vidrios derretidos que gritan. Queman y se esconden.
Oyes el ruidito del papel donde todavía no escribes y enciendes un nuevo cigarrillo. La sombrilla del humo es como un cuchillo que se alarga y alarga por entre los barcos.

Porque cuando un locoeta, que en humano lo fijan, sube el río para encontrar el pez dormido, o escarba tierra para desenterrar al pájaro, a ese escritor también le gusta descubrir entre flores a cámara lenta, cómo vuelan los barquitos por entre un humo que, como manos de padre, el aire alisa y alisa.





Chus


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Escribir un relajado paseo es como sumar calles. Como sumar canciones que nos gustan. Te sientas ante el folio, escribes el nombre del lago, describes el quiosco del parque que disfrutaste, y brotan jardines, ventanas y cisnes, por entre las frases.

Porque nunca te detienes en la misma flor, siempre es saludable un pequeño paseo caminando a la velocidad de las flores, para llegar a comprender que vivir es ver morir lo que se ama.

Ave el paseo.
Descubrir lirios recién regados temblando; asombrarte ante un festín de las hormigas; y siempre siguiendo hacia delante, caminando y respirando hacia atrás; porque el aire es más pequeño entre palmeras, los colores son más vivos, más penetrantes, y más cuando los ensamblas con el blancor del hombro que amas. Aunque realmente, en el paseo de un poeta, éste se va acostando con todas las flores que encuentra en sus ojos, porque mujeres son las flores, de colores las flores: mujeres.

Si te dijesen que no escribas paseos, no te fíes. Porque dicen que los escritores que apenas salen de sus casas difícilmente observan. Que los ensayistas construyen sus escritos sin olores, las palabras sin tonalidades. Notarios satisfechos todos ellos, dicen, porque ignoran que los dedos pueden tener luz. Como las yemas de las flores, que un poeta saben crecen en luz de sueños cuando se le mueren.

Y si te indicasen que escribas paseos, también desconfía. Porque si uno siempre sueña con lo que no hace, hay escritores en cama que ven más allá de las paredes y surcan todos los mares. El mar, la mar, la pueden hacer llegar a su habitación cuando ellos quieran. En una taza de café, en la lámpara del techo, hasta doblan la lluvia para guardársela a los ángeles. Así después la sed del folio.


Arañan las frases en el vientre del papel no-escrito recordando el paseo.
Arañan, aun cuando el paseo haya sido pequeño. Porque pequeño también es siempre el beso de un niño, pero es beso, y como beso empiezas a despertarlo en cualquier sueño.

Un escritor siempre grita, aroma, por cada folio que transita. Pero ahora está el silencio.
La mano quieta.
Los ojos perdidos.
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Ahora se impregnaron de silencio las cortinas, que son hierba.
Cuánto trabajó el sol para ese trozo amarillento del tapiz, piensas girando y girando el lapicero…
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Pero luego, desde lo no-escrito, te quedas quieto observando las nieves del folio.
Oyes vidrios derretidos que gritan. Queman y se esconden.
Oyes el ruidito del papel donde todavía no escribes y enciendes un nuevo cigarrillo. La sombrilla del humo es como un cuchillo que se alarga y alarga por entre los barcos.

Porque cuando un locoeta, que en humano lo fijan, sube el río para encontrar el pez dormido, o escarba tierra para desenterrar al pájaro, a ese escritor también le gusta descubrir entre flores a cámara lenta, cómo vuelan los barquitos por entre un humo que, como manos de padre, el aire alisa y alisa.





Chus


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Qué bueno haberte leído, me alegraste la mañana... Mis estrellas.
 
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