Ciela
Poeta veterano en el portal
Es una Niña Díscola.
La señorita Martha Ruiz era malísima. Ni a cañones te ponía un Muy bien Diez, ni que te reventaras te lo juro- con un mapa hecho a fuerza de plumines y temblor de tintas chinas. Tenía preferencia por las chicas prolijitas con estirpe de oligarcas, bucles dorados y vocación de chupamedias. Así que imagináte: mi estampita raquítica, cuatrochi y quilombera, no la seducía ni enternecía en absoluto.
Rosita, no la soltera sino la viudita prematura, laburaba sin receso durante el horario de mi jornada escolar. Rosita era mi madre. No le sobraba instrucción pero había salido de la Academia Pitman con diploma de honor como taquidactilógrafa. Gracias a ello pudo desempeñarse como administrativa eficaz en la Rosada (nuestra vapuleada Casa de Gobierno).
Nunca podía irme a buscar a la salida de la escuela ni asistir a los actos patrios del colegio, de modo que yo pudiera lucirme con su porte de elegante secretaria y sus trajecitos confeccionados con sus propias manos con la guía de la revista Temporada. ¡Si supieras qué hermosa era!. Su belleza clásica desentonaba con la insignificancia estética de la lauchita estrábica de su única descendiente. Pero mi madre tenía un defecto: un carácter colérico e inflamable que metía, en serio, mucho miedo. Su largo y albo cuello era como un espejo: podía divisarse en él una creciente aureola colorada cuando comenzaba a cabrearse sin remedio. Como ya te habrás dado cuenta, ésa era la señal de que había que ponérsele bien lejos.
La horrible señorita Martha Ruiz logró que un día a mi mamá le otorgaran permiso en la Casa de Gobierno para que asistiera a una citación o entrevista para comentarle mi desempeño. Me lucí fugazmente con la elegante aparición de mi mamita. Pronto la maestra se la llevó con ella hacia una brevísima charla casi- casi, a la hora de salida.
En el camino de regreso hacia la casa conventillo, Rosita dijo poco. Musitaba cada tanto un dicho misterioso con aires peligrosos. Es una niña díscola... es una niña díscola-. De reojo yo le miraba el cuello en el que se insinuaban rosados arabescos. ¡Que mi madre no era culta pero que sí tenía la intuición de los sabuesos!.
El jardín del abuelito era sagrado. Nadie atinaba a pisotear sus amapolas, ni sus calas ni a sus florecillas de conejo. Mi instinto de conservación me llevó a guarecerme en sus senderos.
Con ayuda del mataburros, Rosita confirmó el significado del sospechoso término: Desobediente, que no se comporta con docilidad. Ya no era necesario descubrir señal alguna en el transparente cuello materno. Tenía que ponerme, en fín, a salvo de su ira y sus chillidos. ¡Es una niña díscola... es una niña díscola! -.
No me guareció entonces el respeto por las flores. Ese fue el día en que mi madre pisoteó las flores del abuelo y en el que me dió una tunda soberana.
Como comprenderás, allí mismo aprendí a putear para adentro. A la bruja aquella de la señorita Martha Ruiz, claro, le debo tal estreno.
La Lauchi.
La señorita Martha Ruiz era malísima. Ni a cañones te ponía un Muy bien Diez, ni que te reventaras te lo juro- con un mapa hecho a fuerza de plumines y temblor de tintas chinas. Tenía preferencia por las chicas prolijitas con estirpe de oligarcas, bucles dorados y vocación de chupamedias. Así que imagináte: mi estampita raquítica, cuatrochi y quilombera, no la seducía ni enternecía en absoluto.
Rosita, no la soltera sino la viudita prematura, laburaba sin receso durante el horario de mi jornada escolar. Rosita era mi madre. No le sobraba instrucción pero había salido de la Academia Pitman con diploma de honor como taquidactilógrafa. Gracias a ello pudo desempeñarse como administrativa eficaz en la Rosada (nuestra vapuleada Casa de Gobierno).
Nunca podía irme a buscar a la salida de la escuela ni asistir a los actos patrios del colegio, de modo que yo pudiera lucirme con su porte de elegante secretaria y sus trajecitos confeccionados con sus propias manos con la guía de la revista Temporada. ¡Si supieras qué hermosa era!. Su belleza clásica desentonaba con la insignificancia estética de la lauchita estrábica de su única descendiente. Pero mi madre tenía un defecto: un carácter colérico e inflamable que metía, en serio, mucho miedo. Su largo y albo cuello era como un espejo: podía divisarse en él una creciente aureola colorada cuando comenzaba a cabrearse sin remedio. Como ya te habrás dado cuenta, ésa era la señal de que había que ponérsele bien lejos.
La horrible señorita Martha Ruiz logró que un día a mi mamá le otorgaran permiso en la Casa de Gobierno para que asistiera a una citación o entrevista para comentarle mi desempeño. Me lucí fugazmente con la elegante aparición de mi mamita. Pronto la maestra se la llevó con ella hacia una brevísima charla casi- casi, a la hora de salida.
En el camino de regreso hacia la casa conventillo, Rosita dijo poco. Musitaba cada tanto un dicho misterioso con aires peligrosos. Es una niña díscola... es una niña díscola-. De reojo yo le miraba el cuello en el que se insinuaban rosados arabescos. ¡Que mi madre no era culta pero que sí tenía la intuición de los sabuesos!.
El jardín del abuelito era sagrado. Nadie atinaba a pisotear sus amapolas, ni sus calas ni a sus florecillas de conejo. Mi instinto de conservación me llevó a guarecerme en sus senderos.
Con ayuda del mataburros, Rosita confirmó el significado del sospechoso término: Desobediente, que no se comporta con docilidad. Ya no era necesario descubrir señal alguna en el transparente cuello materno. Tenía que ponerme, en fín, a salvo de su ira y sus chillidos. ¡Es una niña díscola... es una niña díscola! -.
No me guareció entonces el respeto por las flores. Ese fue el día en que mi madre pisoteó las flores del abuelo y en el que me dió una tunda soberana.
Como comprenderás, allí mismo aprendí a putear para adentro. A la bruja aquella de la señorita Martha Ruiz, claro, le debo tal estreno.
La Lauchi.