Cada minuto pasado
me hace un poco más mortal.
Temo no existir ahora.
Ojalá me aguante la vida.
Lo necesito para no dejar
la pluma seca y el cerebro
repleto de frutos.
Busco un tema para versar
y sólo encuentro criaturas de la noche,
las nubes más espectrales,
visiones y pesadillas
llegadas no sé de dónde.
Pero recobro tiempo y luz,
doy marcha atrás, descubriendo
el camino secreto por donde se acerca
una muchacha. Nos encontramos
frente a frente,
la veo muy jovencita,
como si no hubiéramos perdido nada,
como si el mundo no hubiese podido extraviarnos,
porque cambiamos cien veces
entre nosotros la muerte y la vida.
A veces, todo lo aprendido no nos sirve
de nada: sólo sobrevivimos
con la pureza que creamos.
Doy vuelta a la página,
tal vez mañana avance mejor
en la escritura. Paciencia.
Me voy a la cama.
Enciendo la lámpara de noche,
levanto las sábanas y me encuentro
de nuevo con la muchacha, ahora cambiada:
tiene algunas canas y duerme;
pero su aliento es como el viento
que me empuja,
que me llama,
y le beso los párpados cerrados,
ella me abraza fuerte, y pregunta
en un susurro:
"¿por qué te acuestas tan tarde?"
Y yo, acariciándola, le espondo:
" Estaba galopando entre las sombras..."
me hace un poco más mortal.
Temo no existir ahora.
Ojalá me aguante la vida.
Lo necesito para no dejar
la pluma seca y el cerebro
repleto de frutos.
Busco un tema para versar
y sólo encuentro criaturas de la noche,
las nubes más espectrales,
visiones y pesadillas
llegadas no sé de dónde.
Pero recobro tiempo y luz,
doy marcha atrás, descubriendo
el camino secreto por donde se acerca
una muchacha. Nos encontramos
frente a frente,
la veo muy jovencita,
como si no hubiéramos perdido nada,
como si el mundo no hubiese podido extraviarnos,
porque cambiamos cien veces
entre nosotros la muerte y la vida.
A veces, todo lo aprendido no nos sirve
de nada: sólo sobrevivimos
con la pureza que creamos.
Doy vuelta a la página,
tal vez mañana avance mejor
en la escritura. Paciencia.
Me voy a la cama.
Enciendo la lámpara de noche,
levanto las sábanas y me encuentro
de nuevo con la muchacha, ahora cambiada:
tiene algunas canas y duerme;
pero su aliento es como el viento
que me empuja,
que me llama,
y le beso los párpados cerrados,
ella me abraza fuerte, y pregunta
en un susurro:
"¿por qué te acuestas tan tarde?"
Y yo, acariciándola, le espondo:
" Estaba galopando entre las sombras..."
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