Antonio del Olmo
Poeta que considera el portal su segunda casa
ENCUENTROS EN EL PLANETA VERDE
Relato del siglo XXV
I
LA EXPEDICIÓN
Relato del siglo XXV
I
LA EXPEDICIÓN
La expedición al planeta verde utilizó el último avance tecnológico: las naves-puerta. Esta técnica permite desplazarse inmediatamente a cualquier lugar, sin seguir una trayectoria, cruzando la cuarta dimensión. Enviaron un año antes 10 pantallas electrónicas, con videos grabados para explicar a los habitantes del planeta la historia de la Tierra; y un trasmisor receptor de televisión, para concertar una cita con un representante aborigen.
El planeta verde toma su color del plancton que cubre sus mares. Allí se ha descubierto una civilización que supera a la que ha alcanzado la Tierra actualmente, en pleno siglo XXV. El progreso de su filosofía y sicología es admirable, no han sufrido guerras, aunque su desarrollo tecnológico equivale al del siglo XIX en nuestro planeta.
Los aborígenes inteligentes descienden de una especie similar a los saurios (como los lagartos, serpientes, cocodrilos, dinosaurios y demás) aunque su sangre es caliente y se parecen bastante a los humanos. Tienen los ojos enormes y brillantes, la cabeza ensanchada hacia atrás y la piel de todo su cuerpo está cubierta de diminutas escamas, que cambian del color verde al azul para expresar su afecto, igual que sonreímos los humanos. Siempre están desnudos, como todos los seres del planeta, las escamas son su traje natural.
II
EL ENCUENTRO
II
EL ENCUENTRO
La nave-puerta se posó en el planeta verde cuando empezaban a brillar las estrellas. Un viento suave susurraba sonidos melódicos. Las dos lunas iluminaban tenuemente la colina rocosa. El astronauta capitán, dentro de su traje espacial totalmente hermético, salió a recibir a la comitiva, formada por siete aborígenes alineados. El representante del grupo aborigen, situado en el centro, se adelantó a sus compañeros para salir al encuentro del astronauta.
Los dos se pararon cuando llegaron a un metro de distancia. Se observaron durante treinta segundos, el tiempo que tardaron vencer la repulsión instintiva que provocaba la diferencia de sus cuerpos. Enseguida comprendieron que sus sentimientos eran iguales. El capitán abrió los brazos y sonrió. El representante extendió los brazos y azuló sus escamas. Los dos se abrazaron. Hubieran querido sentir el contacto y el calor de sus pieles, pero estaban adaptados a diferentes atmósferas. El capitán no podía quitarse el traje espacial. De todos modos, sí podían cooperar e intercambiar sus culturas.
El capitán señaló con el dedo un diminuto punto luminoso en el espacio: el Sol, la estrella que da luz y calor a la Tierra. Otro astronauta ayudó al representante a vestirse - por primera vez en su vida - con un traje espacial adaptado para visitar la Tierra. Cundo todo estuvo preparado, el capitán y el representante, agarrados del brazo, entraron en la nave-puerta. Siete minutos después, el tiempo que tardo el capitán en regular las coordenadas, desapareció la nave-puerta del planeta verde y apareció en la Tierra, el planeta azul. La comitiva de aborígenes vio entonces, durante tres segundos, una línea blanca brillante que seguía la dirección que había señalado el capitán.
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