Que nadie me libre de la incertidumbre
que supone un mañana, un hoy mismo,
un quizás, un estar en lo cierto del desacierto
de cualquier camino.
Que no me roben la duda,
que me devuelvan el usufructo de lo andado,
que me paren si me acelero
en un momento dado.
Que me regalen lo que yo he regalado
y que no me pidan cuentas
ni me vengan con desahucios.
Que me salude la brisa de lo que llega,
Que me dé dos vueltas,
que baile si le apetece
y cree que vale la pena
rimar los ritmos,
acariciar las velas
de un rumbo de oleaje incierto;
y a su manera
dude del viento,
del mar
y hasta del universo.
Que no me vengan con prisas
para llegar a un destino
de nubes algodonadas
o de cavernas oscuras y rojas
engalanadas
de cuerpos desnudos
y pensamientos en llamas.
Que me hablen,
que me callen,
que no me sigan;
mejor que me acompañen.
Que me piensen,
que me olviden
y que en otro un momento dado
alguien diga:
Mira,
este tipo pasó
por donde todos pasaron
sin aplastar las flores que vio,
sin destruir los senderos que le trajeron,
con la boca y con las manos,
los ojos y la voz,
con los pies
con los que se ha marchado.