danie
solo un pensamiento...
Organismos solventes que destilan incienso y ocre,
aspecto venerado de la esfinge que toca el cosmos,
vuelos gallardos de calandrias que se duplican ante el albor,
surcando el sendero del país, donde el tiempo es eterno.
La diáfana de diamantes se desintegra
frente a las gotas de rocío de tu fidedigna piel,
brillo refulgente de un astro que reposa entre mis posaderas,
deslumbrando tanto a la gloria del cielo como a la fosa del averno,
cráter hirviendo en el caldo ardiente y despampanante de tus ojos
con la insondable llama viva de tus huesos.
Florezco en el énfasis de tu brío,
perezco sin que mi corazón deje de palpitar,
vivo sin respirar, inhalando el fuego eterno de tu aura,
el ardiente aire de tu aliento que consume mi oxigeno
y no me deja despertar del transe hipnótico de tu cuerpo.
La luna nos observa, pintado de acuarelas esta pasión,
sonrosando el continente por el reflejo de tu piel bermellón,
en lo íntimo y oculto del gemido de tu vientre
donde muero y renazco para vivir por siempre,
donde el péndulo del reloj se detiene contemplando tu efigie.
Decantamos en los besos, sustancias que se filtran por la canal del cuerpo,
sangre mezclada con lava refulgente,
erupción del volcán en el piélago del universo.
Simples mortales que evolucionan para coexistir
y amarse por la tangente del tiempo,
sobre los mantos celestiales de los astros que brillan en la aurora perpetua.
Nos consumimos una y otra vez dejando solo despojos de cenizas,
rayos de sol escoltan los sepulcros de los cuerpos,
ataúdes de incienso y mirra disecan nuestra esencia,
los astros esperan yacientes sobre nuestros polvos carcomidos,
renacemos nuevamente producto del fino rito,
bajo las extensas alas del ave Fénix invocada por las llamas de tu belfo,
como un retoño que emerge de tu cuerpo con una luz luminosa
esperando dar la insignia para que nos amemos reiteradamente.
aspecto venerado de la esfinge que toca el cosmos,
vuelos gallardos de calandrias que se duplican ante el albor,
surcando el sendero del país, donde el tiempo es eterno.
La diáfana de diamantes se desintegra
frente a las gotas de rocío de tu fidedigna piel,
brillo refulgente de un astro que reposa entre mis posaderas,
deslumbrando tanto a la gloria del cielo como a la fosa del averno,
cráter hirviendo en el caldo ardiente y despampanante de tus ojos
con la insondable llama viva de tus huesos.
Florezco en el énfasis de tu brío,
perezco sin que mi corazón deje de palpitar,
vivo sin respirar, inhalando el fuego eterno de tu aura,
el ardiente aire de tu aliento que consume mi oxigeno
y no me deja despertar del transe hipnótico de tu cuerpo.
La luna nos observa, pintado de acuarelas esta pasión,
sonrosando el continente por el reflejo de tu piel bermellón,
en lo íntimo y oculto del gemido de tu vientre
donde muero y renazco para vivir por siempre,
donde el péndulo del reloj se detiene contemplando tu efigie.
Decantamos en los besos, sustancias que se filtran por la canal del cuerpo,
sangre mezclada con lava refulgente,
erupción del volcán en el piélago del universo.
Simples mortales que evolucionan para coexistir
y amarse por la tangente del tiempo,
sobre los mantos celestiales de los astros que brillan en la aurora perpetua.
Nos consumimos una y otra vez dejando solo despojos de cenizas,
rayos de sol escoltan los sepulcros de los cuerpos,
ataúdes de incienso y mirra disecan nuestra esencia,
los astros esperan yacientes sobre nuestros polvos carcomidos,
renacemos nuevamente producto del fino rito,
bajo las extensas alas del ave Fénix invocada por las llamas de tu belfo,
como un retoño que emerge de tu cuerpo con una luz luminosa
esperando dar la insignia para que nos amemos reiteradamente.