Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
Emigrantes de nuestros propios miedos,
como la luz emigrante de su propia sombra
que estrecha y acorta hasta volverla un punto,
una simple imagen de lo que nunca fuimos.
Guardamos inútiles y vanos sacrificios
en el cajón del armario
de la noche incierta.
Las ventanas se abren a lo que espera ahí afuera;
las cortinas rasgadas ya no golpean ni acosan
las copas de los árboles
ni los barcos pesqueros;
la copa de vino de la hoja se bebe
la alegría de un verde
que revienta en la boca.
Emigramos de un yo
que nunca fue un yo mismo,
a un nosotros que evita
la renuncia del otro.
No renunciamos a ser
nuestra propia imagen
en los espejos del agua
que mancillaron las piedras.
Somos la grieta que atesora un musgo
para echar raíces,
somos el hueco donde un dedo pone
su huella y su memoria,
somos emigrantes del silencio
en un campo de trigo,
que conoce del aire
cuando se abren las puertas.
como la luz emigrante de su propia sombra
que estrecha y acorta hasta volverla un punto,
una simple imagen de lo que nunca fuimos.
Guardamos inútiles y vanos sacrificios
en el cajón del armario
de la noche incierta.
Las ventanas se abren a lo que espera ahí afuera;
las cortinas rasgadas ya no golpean ni acosan
las copas de los árboles
ni los barcos pesqueros;
la copa de vino de la hoja se bebe
la alegría de un verde
que revienta en la boca.
Emigramos de un yo
que nunca fue un yo mismo,
a un nosotros que evita
la renuncia del otro.
No renunciamos a ser
nuestra propia imagen
en los espejos del agua
que mancillaron las piedras.
Somos la grieta que atesora un musgo
para echar raíces,
somos el hueco donde un dedo pone
su huella y su memoria,
somos emigrantes del silencio
en un campo de trigo,
que conoce del aire
cuando se abren las puertas.