Silueteada por los doce arcontes del abismo, la amplia frente de la embrujada paria una amapola de frenesí apolineo. La noche la llevaba en su maternal regazo. Y ella lloraba perlas de desesperación. La embrujada sucumbia a la desesperada lucha de pares de opuestos. En su mente turbia y blasfema. Pero, he ahí que un galán fantasmal penetró en el pesaroso pesebre de su alcoba vacía. Un incubo ardoroso la poseía sin ninguna conmiseración. Y ella, la embrujada gemía glúteos rosáceas de bestial penetración. Una risa sardónica bamboleaba al orgasmo prohibido de la embrujada. Cuando el acto fue consumado, el incubo se diluyó en la nada increada. Y pasaron siete lunas hasta que la embrujada parió un niño con la marca de satanás en su pene. A partir de ese momento lo llamaría Alfonso.