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Ellos

Moisés Hernández González

Poeta recién llegado
Ahora está lejano el moribundo,
están maldiciendo los ciegos,
el que mantiene los ojos cerrados goza.
Dice que es serenidad.
Árboles enigmáticos florecen
con lo que no deben florecer;
aquí no hay reglas,
se hace enfadar la fiera
en un compás de negras rocas al pecho.
Surgió la divinidad. ¿La ves?
No te preocupes nadie la ve,
y siempre surge, por ella me condenaron ayer.
Por la divinidad me juzgaron de insano y torpe.
Yo no podía ver, no veía lo que ellos ven.
Esos fueron los hombres togados y puros;
se dice que son inhumanos blancos;
yo dudé y me volvieron a matar,
en su discurso de pulcritud me condenaron.
Yo no puedo ser puro, jamás lo seré,
yo soy un simple hombre en el punto medio,
tal y cual fue mi hermano.
No soy grande
y no guardo resplandor alguno.
Mis pésimas palabras fueron poco para ellos
y no me dejaron dormir;
desperté desvelado y maldecido y sin cura.
Así fue mi condena,
cuando tocaron a mi puerta
y me apedrearon con pulcritud divina.
 
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