NIÑA DE TIERRA
Poeta fiel al portal
Muchas veces, pero no tantas, nos encontramos ante el inquietante remordimiento de haber hecho bien o haber hecho mal las cosas que llevamos hechas.
Yo tengo la solución a tales molestias, pues he descubierto un mundo inimaginable de travesuras mentales que nos permite entrever desgracias inalcanzables.
Pongámonos por un momento en el lugar de un zapatito de queso, sólo por un momento, para poder ver de qué está hecho su mundo y cuales son sus crímenes, así nos sentiremos mejor desde muchos ángulos.
Justamente el otro día, me contaba el zapatito que habíase levantado tarde muy temprano, y al abrir la ventana de su barco pudo contemplar con avidez los dados que no dejaban de gritar su nombre, maldiciéndolo de por vida. Muy asustado, el zapatito salió volando con sus inmundas alas membranosas a refugiarse en algún lugar seguro, y así emprendió su viaje mas no pudo llegar muy lejos puesto que una repentina tormenta lo devoró torturadamente, y la más negra de las nubes lo envolvió con odio, para morderlo, para desgarrarlo, para criarlo con todo el amor de una madre. Fue así que el zapatito se vio de pronto en el paraíso, donde fuegos volcánicos emergían de todas partes y lo quemaban con su ardiente demencia. De tanto en tanto, algún que otro recorte de agujas pasaba velozmente a su lado, enredándose luego en las curvas del viento para perderse por ahí, sirviendo de fuerte a la más débil de las mortajas y pintando el aire de abismales y grotescos colores.
Mas no perdáis la paciencia todavía, pues enormes olas de arraigado vientre se vuelcan hambrientas sobre nuestra conciencia inmadura, desarmando con lujuria cada escalón del ascensor de plata. Y como si eso no bastara, como si su hambre de maldad fuera insaciable, se divierten los malditos cocinando las alfombras y los mástiles que, con tanto amor y cuidado, hemos conservado a lo largo de los siglos, junto con hermosas y brillantes manzanas que no dejan de susurrar jamás el nombre de aquél que vomita en la negrura.
Aún así, las cosas parecen salir bien para el zapatito de queso, pues ha encontrado ahora un nuevo amigo, quien escarba con sucias garras de princesa la tierra mohosa en la cual se pudren ojos de oro, cielos ansiosos y arrugados recuerdos. Y una vez que los han encontrado, él y el zapatito a la caverna se dirigen, para regodearse mugrientos en el almibarado infierno de pelos de puerco, para oír con creciente entusiasmo los agónicos lamentos de paredes olvidadas. Y al caer la noche, cuando el viento se atreve a soplar con más entusiasmo que cualquier otro gigante, los vemos contentos en su cueva de putrefacta materia raspar eufóricos las paredes cubiertas de excremento, alimentando su mente con la delirante ilusión de encontrar algo más desagradable aún, algo con lo que alimentar la experiencia inmunda y sentirse importantes luego.
Ahhhhh , mas pocos son los días de dicha que te quedan, zapatito de queso, pues la tempestad abominable no ha vertido aún sus gotas mortales sobre tu láctea superficie, imbécil, que te crees un dios, que te crees el rey, que te crees una maravilla de la Tierra y no cesas de impartir tu pegajosa envidia por dondequiera que vayas, maldito, ya verás, ya verás como la oscuridad se encargará de absorberte para siempre, junto con tus sillas de azul y tus cascabeles que gritan, y ni la puerta de Bepoir se abrirá para ti otra vez, no, solo las fauces de la muerte te recibirán con desesperada repugnancia.
Muere, zapatito de queso, vete a vivir a ése lugar de piedras de arroz y baños perdidos, desaparece entre sus siseantes praderas de muertas semillas, entre perros arrepentidos y lágrimas de ojos ciclópeos, vete, piérdete, muérete.
Yo tengo la solución a tales molestias, pues he descubierto un mundo inimaginable de travesuras mentales que nos permite entrever desgracias inalcanzables.
Pongámonos por un momento en el lugar de un zapatito de queso, sólo por un momento, para poder ver de qué está hecho su mundo y cuales son sus crímenes, así nos sentiremos mejor desde muchos ángulos.
Justamente el otro día, me contaba el zapatito que habíase levantado tarde muy temprano, y al abrir la ventana de su barco pudo contemplar con avidez los dados que no dejaban de gritar su nombre, maldiciéndolo de por vida. Muy asustado, el zapatito salió volando con sus inmundas alas membranosas a refugiarse en algún lugar seguro, y así emprendió su viaje mas no pudo llegar muy lejos puesto que una repentina tormenta lo devoró torturadamente, y la más negra de las nubes lo envolvió con odio, para morderlo, para desgarrarlo, para criarlo con todo el amor de una madre. Fue así que el zapatito se vio de pronto en el paraíso, donde fuegos volcánicos emergían de todas partes y lo quemaban con su ardiente demencia. De tanto en tanto, algún que otro recorte de agujas pasaba velozmente a su lado, enredándose luego en las curvas del viento para perderse por ahí, sirviendo de fuerte a la más débil de las mortajas y pintando el aire de abismales y grotescos colores.
Mas no perdáis la paciencia todavía, pues enormes olas de arraigado vientre se vuelcan hambrientas sobre nuestra conciencia inmadura, desarmando con lujuria cada escalón del ascensor de plata. Y como si eso no bastara, como si su hambre de maldad fuera insaciable, se divierten los malditos cocinando las alfombras y los mástiles que, con tanto amor y cuidado, hemos conservado a lo largo de los siglos, junto con hermosas y brillantes manzanas que no dejan de susurrar jamás el nombre de aquél que vomita en la negrura.
Aún así, las cosas parecen salir bien para el zapatito de queso, pues ha encontrado ahora un nuevo amigo, quien escarba con sucias garras de princesa la tierra mohosa en la cual se pudren ojos de oro, cielos ansiosos y arrugados recuerdos. Y una vez que los han encontrado, él y el zapatito a la caverna se dirigen, para regodearse mugrientos en el almibarado infierno de pelos de puerco, para oír con creciente entusiasmo los agónicos lamentos de paredes olvidadas. Y al caer la noche, cuando el viento se atreve a soplar con más entusiasmo que cualquier otro gigante, los vemos contentos en su cueva de putrefacta materia raspar eufóricos las paredes cubiertas de excremento, alimentando su mente con la delirante ilusión de encontrar algo más desagradable aún, algo con lo que alimentar la experiencia inmunda y sentirse importantes luego.
Ahhhhh , mas pocos son los días de dicha que te quedan, zapatito de queso, pues la tempestad abominable no ha vertido aún sus gotas mortales sobre tu láctea superficie, imbécil, que te crees un dios, que te crees el rey, que te crees una maravilla de la Tierra y no cesas de impartir tu pegajosa envidia por dondequiera que vayas, maldito, ya verás, ya verás como la oscuridad se encargará de absorberte para siempre, junto con tus sillas de azul y tus cascabeles que gritan, y ni la puerta de Bepoir se abrirá para ti otra vez, no, solo las fauces de la muerte te recibirán con desesperada repugnancia.
Muere, zapatito de queso, vete a vivir a ése lugar de piedras de arroz y baños perdidos, desaparece entre sus siseantes praderas de muertas semillas, entre perros arrepentidos y lágrimas de ojos ciclópeos, vete, piérdete, muérete.