Calimero
Poeta recién llegado
I
Llega por este silencio
y me ofrece su espalda:
pasa la sangre turbia
como la canción rota
que no quiero cantar.
Así pasa de largo
y no la miro a los ojos
pero cuento las voces
entregándome a ellas.
Oigo al cansancio
cuando me acecha:
acaricio su rostro
y cierra mis ojos
el vigilante.
El hambre descerebrada
despelleja toda la carne;
enfría mis extremidades
cuando me lleva consigo.
II
Aquel manso vino manchando la frente; el rumor de la sangre por toda misa;
el cuerpo incomprensible, infatigable mente resuelta por la hondura del agua;
canto del frío arrancando banderas mientras un límite inexistente me señala
y tal vez sea el segundero empotrado a la lluvia, parecido a un Ángel sin pan
tan dichoso al olvidar los motivos que me llevaron a encontrarme.
Antes del solsticio contemplaba escudos inamovibles, pero nunca preguntaba
a qué se debía aquel abandono de la tierra, la ingravidez de aquella serpiente
alimentándose de las tripas, mientras luchaba por desprenderme del miedo;
más acá del sol todo era una angustia indeterminada buscando mi rostro.
Tuve que errar un presagio: sin responder por un nombre callaba mi orgullo.
Entonces andaba más adentro y tampoco reconocía mis pasos, pero amaba
la voz inconsistente de la nostalgia, crecida como la hiedra por aquel muro
donde siempre me lamentaba sin encontrar respuesta alguna,
hasta que, embriagado, el vigilante bajó la guardia.
Abandoné la guarida -no sin antes apurar el cáliz-.
Así, hallado en el sueño, no importa quién es Quien.
Llega por este silencio
y me ofrece su espalda:
pasa la sangre turbia
como la canción rota
que no quiero cantar.
Así pasa de largo
y no la miro a los ojos
pero cuento las voces
entregándome a ellas.
Oigo al cansancio
cuando me acecha:
acaricio su rostro
y cierra mis ojos
el vigilante.
El hambre descerebrada
despelleja toda la carne;
enfría mis extremidades
cuando me lleva consigo.
II
Aquel manso vino manchando la frente; el rumor de la sangre por toda misa;
el cuerpo incomprensible, infatigable mente resuelta por la hondura del agua;
canto del frío arrancando banderas mientras un límite inexistente me señala
y tal vez sea el segundero empotrado a la lluvia, parecido a un Ángel sin pan
tan dichoso al olvidar los motivos que me llevaron a encontrarme.
Antes del solsticio contemplaba escudos inamovibles, pero nunca preguntaba
a qué se debía aquel abandono de la tierra, la ingravidez de aquella serpiente
alimentándose de las tripas, mientras luchaba por desprenderme del miedo;
más acá del sol todo era una angustia indeterminada buscando mi rostro.
Tuve que errar un presagio: sin responder por un nombre callaba mi orgullo.
Entonces andaba más adentro y tampoco reconocía mis pasos, pero amaba
la voz inconsistente de la nostalgia, crecida como la hiedra por aquel muro
donde siempre me lamentaba sin encontrar respuesta alguna,
hasta que, embriagado, el vigilante bajó la guardia.
Abandoné la guarida -no sin antes apurar el cáliz-.
Así, hallado en el sueño, no importa quién es Quien.