scarlata
Poeta veterano en el portal.
Un día Teresa abrió la ventana y todo ocurrió sin que fuera posible evitarlo. El viento entró y se quedó para siempre en esa habitación monótona y cotidiana, pero querida.
La ruptura de su pequeño mundo se produjo de manera lenta y poco dolorosa, pero imparable.
Primero el pequeño cuarto se conmovió con la llegada de ese visitante agitador que hizo volar papeles empolvados y dejó al descubierto trozos viejos del ayer.
Teresa se sintió dolida y sorprendida.
Le había costado años construir aquel pequeño refugio, imperfecto y ambiguo, pero suyo de verdad, y aquella oleada de entusiasmo y agitación no le agradó en absoluto.
Tantos días para lograr viciar el aire de ese espacio. Tantas horas de lectura, de música, de cigarrillos fuera de cupo, de lágrimas y sonrisas... Sus horas de tranquilidad tenían suficiente valor como para no poder evitar sentir un rencor indefinible por aquel viento intruso que se empeñaba en desordenar uno tras otros los pilares de su vida.
Teresa experimentó ese miedo irracional que sólo aparece en los momentos más importantes de la vida. Cuando se presienten cambios fundamentales, como el final de un ciclo vital que - quizás no nos hizo felices del todo, al que, tal vez, no llegamos a acostumbrarnos y con el que nunca nos conformamos- , pero con el que convivimos durante tanto tiempo, que nos es imposible asistir a su despedida sin que algo de nosotros se resista a pronunciar el adiós.
Desde el principio Teresa supo que aquello sólo era el comienzo de algo que avanzaría, corroyendo con pereza los muebles, deshojando los libros, destruyendo los discos.... Hasta acabar con todos y cada uno de los detalles de su pequeño mundo.
Tardó mucho en reconocerlo, como si su oposición, ciega e irracional, pudiera servir de algo. Como si ella misma, no estuviera condenada a convertirse en un pequeño e insignificante entretenimiento, en una pieza más de la habitación.
Su oposición infantil debió conmover al viento, haciéndole aún más atractiva la empresa. Le divertía pensar en una Teresa silenciosa y hermética que le negaba la palabra en las horas de la comida y que le dejaba vagar a su antojo, por el cuarto, ignorándole, como si no existiera, como si no le supiese presente en cada uno de sus actos (respirar, leer, dormir, soñar), voluntarios o involuntarios.
A Teresa le gustaba convencerse de que nada había cambiado. Se pasaba las horas volviendo a colocar los libros en sus estanterías, los muebles en el lugar cansado que marcaban paredes y suelos, los discos en el orden cotidiano que tan bien conocían sus dedos... Todo era inútil.
Cada mañana, al despertar, el desorden reinaba en aquella casa y el viento sonreía satisfecho, sabiendo que había dado un paso más, que cada vez faltaba menos para que una rendición incondicional, terminara con aquel prólogo aburrido y evidente.
La ventana permanecía herméticamente cerrada, como lo había estado durante años. Teresa la miraba con frecuencia con un rencor mal disimulado.
Pero a nadie más que a ella misma podía culpar de lo que, al final, había resultado ser un imperdonable descuido. Esa tentación no vencida que la condujo una mañana al más tonto de los deseos. Mirar el mundo, sentir el mundo con todos sus ruidos, olores y demás sensaciones. Asomarse al exterior, sólo un momento. Quizás sólo para acabar de convencerse de las ventajas de su vida, una vida contaminada e imperfecta, pero elegida. Una vida libre de esas ataduras que se llaman lluvia, metro, sol, adiós, separación...
Pasar la vida en aquella habitación olvidando como, en el exterior, la gente se cruza en los semáforos. Obviando como los demás se enfrentan a sucesos inevitables: la muerte de un viejo amigo, el final de un gran amor, la decepción que se siente cuando alguien nos falla...
Verlo todo con la rapidez de la necesidad para luego volver a cerrar su único lazo con el mundo y sentir algo parecido a la felicidad, sabiéndose único superviviente de una desgracia colectiva.
Pero Teresa no sabía que el viento llevaba meses esperando para entrar y que, ese descuido, que en otra ocasión cualquiera, no hubiera tenido ninguna importancia, iba a suponerle el cambio definitivo.
El futuro dejó de llamarse soledad y una única obsesión pasó a ocupar todas sus tardes. Lograr vencer, resistir, agotar las posibilidades para que fuera él quien abandonara la lucha a la que la había condenado.
La ruptura de su pequeño mundo se produjo de manera lenta y poco dolorosa, pero imparable.
Primero el pequeño cuarto se conmovió con la llegada de ese visitante agitador que hizo volar papeles empolvados y dejó al descubierto trozos viejos del ayer.
Teresa se sintió dolida y sorprendida.
Le había costado años construir aquel pequeño refugio, imperfecto y ambiguo, pero suyo de verdad, y aquella oleada de entusiasmo y agitación no le agradó en absoluto.
Tantos días para lograr viciar el aire de ese espacio. Tantas horas de lectura, de música, de cigarrillos fuera de cupo, de lágrimas y sonrisas... Sus horas de tranquilidad tenían suficiente valor como para no poder evitar sentir un rencor indefinible por aquel viento intruso que se empeñaba en desordenar uno tras otros los pilares de su vida.
Teresa experimentó ese miedo irracional que sólo aparece en los momentos más importantes de la vida. Cuando se presienten cambios fundamentales, como el final de un ciclo vital que - quizás no nos hizo felices del todo, al que, tal vez, no llegamos a acostumbrarnos y con el que nunca nos conformamos- , pero con el que convivimos durante tanto tiempo, que nos es imposible asistir a su despedida sin que algo de nosotros se resista a pronunciar el adiós.
Desde el principio Teresa supo que aquello sólo era el comienzo de algo que avanzaría, corroyendo con pereza los muebles, deshojando los libros, destruyendo los discos.... Hasta acabar con todos y cada uno de los detalles de su pequeño mundo.
Tardó mucho en reconocerlo, como si su oposición, ciega e irracional, pudiera servir de algo. Como si ella misma, no estuviera condenada a convertirse en un pequeño e insignificante entretenimiento, en una pieza más de la habitación.
Su oposición infantil debió conmover al viento, haciéndole aún más atractiva la empresa. Le divertía pensar en una Teresa silenciosa y hermética que le negaba la palabra en las horas de la comida y que le dejaba vagar a su antojo, por el cuarto, ignorándole, como si no existiera, como si no le supiese presente en cada uno de sus actos (respirar, leer, dormir, soñar), voluntarios o involuntarios.
A Teresa le gustaba convencerse de que nada había cambiado. Se pasaba las horas volviendo a colocar los libros en sus estanterías, los muebles en el lugar cansado que marcaban paredes y suelos, los discos en el orden cotidiano que tan bien conocían sus dedos... Todo era inútil.
Cada mañana, al despertar, el desorden reinaba en aquella casa y el viento sonreía satisfecho, sabiendo que había dado un paso más, que cada vez faltaba menos para que una rendición incondicional, terminara con aquel prólogo aburrido y evidente.
La ventana permanecía herméticamente cerrada, como lo había estado durante años. Teresa la miraba con frecuencia con un rencor mal disimulado.
Pero a nadie más que a ella misma podía culpar de lo que, al final, había resultado ser un imperdonable descuido. Esa tentación no vencida que la condujo una mañana al más tonto de los deseos. Mirar el mundo, sentir el mundo con todos sus ruidos, olores y demás sensaciones. Asomarse al exterior, sólo un momento. Quizás sólo para acabar de convencerse de las ventajas de su vida, una vida contaminada e imperfecta, pero elegida. Una vida libre de esas ataduras que se llaman lluvia, metro, sol, adiós, separación...
Pasar la vida en aquella habitación olvidando como, en el exterior, la gente se cruza en los semáforos. Obviando como los demás se enfrentan a sucesos inevitables: la muerte de un viejo amigo, el final de un gran amor, la decepción que se siente cuando alguien nos falla...
Verlo todo con la rapidez de la necesidad para luego volver a cerrar su único lazo con el mundo y sentir algo parecido a la felicidad, sabiéndose único superviviente de una desgracia colectiva.
Pero Teresa no sabía que el viento llevaba meses esperando para entrar y que, ese descuido, que en otra ocasión cualquiera, no hubiera tenido ninguna importancia, iba a suponerle el cambio definitivo.
El futuro dejó de llamarse soledad y una única obsesión pasó a ocupar todas sus tardes. Lograr vencer, resistir, agotar las posibilidades para que fuera él quien abandonara la lucha a la que la había condenado.