Rodrigo del Río
El cazador de sueños.
Suavemente, el redondo módulo anaranjado, casi amarillento, se liberó de la estación madre; sumergiéndose en el oscuro embudo donde desapareció su metálico brillo, en la tortuosa y estrecha vía. El vehículo fue deslizado por las delgadas correas transportadoras, incrustadas en las paredes de ese húmedo pasadizo, en forma automática. Un susurrante y acompasado ruido acompañó su traslado hacia el fondo.
Dentro de la nave: Silencio...
Al ingresar, activó las células fotoeléctricas, las que sirvieron como señal, para que las paredes de esa zona, arrojaran una sustancia transparente y de textura gelatinosa, que lo englobó entero y muy lentamente fue adquiriendo un tono blanquecino. El destello de las luces frías, impidió ver cuando el móvil fue cogido por los enormes brazos mecánicos y depositado en la cámara calcígena, un lugar tan oscuro como el primero; pero, allí la temperatura era agradable, cálida, quizás ligeramente calurosa, Mientras estaba detenido se abrieron la puerta de los rociadores, los que pendían como gigantescas lámparas, llenas de lágrimas. Camuflado entre las paredes y el piso, permaneció como ave de rapiña al asecho por un largo tiempo, el suficiente para que la sustancia blanca y calcárea emanada de los conductos de aspersión se endureciera.
La nave se deslizó quedando en la plataforma de despegue, lista para alzar el vuelo; todo el espacio estaba sombrío, oscuro. Dentro de los diversos compartimientos se realizaba un febril ajetreo y el viaje que comenzaba sería muy largo.
Se abrieron las compuertas y la luz inundó el cuerpo sólido. La luminosidad de un sol desconocido y el brillo de una súper estrella, hizo arrancar destellos de su cubierta. Y claramente delineó su forma ovoide.
Era _ según los habitantes del tercer planeta _ un simple huevo blanco de gallina.
Rodrigo del Río
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