DIEGO
Poeta adicto al portal
Con las cabezas incendiadas de sueños iniciábamos el viaje. Reposábamos las mejillas en el frío vidrio de la noche alunada.
A veces en la mitad de la oscuridad despertábamos para vigilar las cabezas amantes y comenzábamos a llorar pactadamente.
Éramos inesperadamente tristes.
Cada uno con su disimulada ceremonia, mientras los postes de luz se turnaban con relámpagos furtivos para descubrir nuestros rostros tapados por las manos arrugadas como gusanos retorcidos.
Había momentos terribles, cuando nos encontrábamos mirándonos, con los ojos hinchados, espantosamente blancos, pero no decíamos nada.
Sólo convocábamos a las pesadillas, esas putas nocturnas dolorosamente bellas, para penetrar nuestros corazones, maravillosos hasta la náusea.
A veces en la mitad de la oscuridad despertábamos para vigilar las cabezas amantes y comenzábamos a llorar pactadamente.
Éramos inesperadamente tristes.
Cada uno con su disimulada ceremonia, mientras los postes de luz se turnaban con relámpagos furtivos para descubrir nuestros rostros tapados por las manos arrugadas como gusanos retorcidos.
Había momentos terribles, cuando nos encontrábamos mirándonos, con los ojos hinchados, espantosamente blancos, pero no decíamos nada.
Sólo convocábamos a las pesadillas, esas putas nocturnas dolorosamente bellas, para penetrar nuestros corazones, maravillosos hasta la náusea.