edelabarra
Mod. Enseñante. Mod. foro: Una imagen, un poema
Capitulo 2
Los víveres
Teniendo en cuenta la velocidad de crucero del Jeep, Papá había estimado el viaje en aproximadamente unas veinte horas de manejo, cálculo que resultó algo optimista, como veremos más adelante.
Consecuentemente, Mamá había comprado una gran cantidad de pan como para elaborar unos sesenta sandwiches, tomates, lechuga, mayonesa y el plato principal, unos seis pollos asados al horno y deshuesados para tal fin.
La partida
Era el 12 de diciembre de 1957. El tiempo transcurrido no me permite ver con claridad las imágenes residuales de estos recuerdos y me parece ver todavía los ojos llorosos de mi tía abuela Eloisa Lozano, nuestra abuela Jenny y algún otro pariente, pero sobre todo la mirada atónita de los vecinos del edificio y del barrio. El policía de la esquina había custodiado durante la noche el vehículo estacionado en la puerta de la heladería Aga Taura y nos deseaba buen viaje. Serían las diez o doce de la mañana cuando salimos rumbo al sur y fue en Parque Lezama donde tuvimos los primeros síntomas de que algo andaba mal con la temperatura del motor.
Primera etapa
Con dificultad llegamos a un taller mecánico, donde nos diagnosticaron problemas en la bomba de agua, y la necesidad de desarmar. Aprovechamos para almorzar unos sandwiches exquisitos y pacientemente esperamos casi toda la tarde hasta que se subsanó el desperfecto. Papá evaluaba las alternativas de seguir o volver, diciendo finalmente: - Ya no hay retorno, seguimos hasta el final a cualquier precio.- Continuamos nuestro viaje, desgraciadamente errando la salida de Buenos Aires, ya que en esa época no estaba muy clara la conexión de la Avenida Directorio con la Avenida Del Trabajo y fuimos a parar por unas calles ya oscuras, a escasos cinco metros del arroyo Cildáñez, en ese entonces, una peligrosa trinchera a cielo abierto de unos cinco metros de profundidad, con grave peligro de caer adentro. Finalmente luego de una trabajosa marcha atrás, continuamos nuestro viaje, haciendo una parada en Monte Grande, donde en una distracción, le robaron a Papá un poncho que llevaba en el Jeep y como no hubo nada que hacer, retomamos la marcha, llegando dos o tres horas después a Cañuelas, donde hicimos noche en algún hotelucho que no recuerdo, a ochenta kilómetros de Buenos Aires.
Segunda etapa
Al día siguiente la situación mejoró y ya veíamos las cosas con más optimismo, la vista del campo y el aire libre nos hacía más soportable a los que íbamos en el acoplado, la respiración permanente de los gases de escape del Jeep y el incómodo hacinamiento en los asientos bis a bis.
La marcha era lenta por las frecuentes paradas a comer (siempre los sandwiches de pollo) y algunos inconvenientes mecánicos, ya que tuvimos que detenernos en Monte (Km. 110), y en otros lugares que he olvidado y esa noche llegamos a Tres Arroyos, donde nos alojamos en otra hostería barata. Mamá pidió al conserje que le permitiera usar la heladera del hotel para guardar la comida que nos iba a servir todavía para el día siguiente. Papá decía que si no hubiera sido por los inconvenientes, ya estaríamos en Choele Choel, y no tendríamos que gastar tanta plata en alojamientos y comidas. En general el humor nuestro era bastante bueno, poco conscientes de los riesgos y divertidos por la aventura. En la recuperación de los recuerdos del viaje, me auxilia Clotilde, que rescata del olvido el hecho de que debido a la incomodidad de la posición de todos sentados dentro del acoplado, al cabo de tantas horas de viaje, adoptábamos las posturas más diversas, una de las cuales era sacar los ocho pies por los resquicios de la capota, siendo otra de las diversiones el canto a coro de todas las canciones que sabíamos, entre los que se encontraba una exhaustiva versión de Eran tres alpinos, repetida hasta el cansancio, lo mismo que un elefante, se balanceaba, etc.
Tercera etapa
La siguiente etapa, se desarrolló normalmente hasta salir de Bahía Blanca y enfrentar el desierto. A partir de allí se acababa el pavimento y comenzaba el polvo, el calor y sobre todo la falta de agua. Ya hacía un largo trecho que teníamos inconvenientes con la caja de cambios, porque saltaba la segunda y la velocidad promedio se vio sumamente perjudicada.
La forma cuadrada del Jeep con su acoplado, no era lo que podría calificarse como aerodinámica, lo que provocaba mucha turbulencia, de manera que el polvo ceniciento que levantaban las ruedas, invadía el interior del Jeep por los resquicios de la lona, formando después una espesa columna que rodeaba el acoplado y lo invadía impidiendo casi respirar a los que íbamos adentro. A este detalle habría que agregar el estado de la ruta, que estaba muy poceada y éstos pozos estaban disimulados por la finísima tierra blanca, formando guadales inesperados, que nos hacía saltar de una manera tal, que la inexistente suspensión del conjunto no llegaba a amortiguar en lo más mínimo. El calor se volvió insoportable y la sequedad de nuestras gargantas no había sido experimentada antes en nuestras cortas vidas.
Se sucedieron los inconvenientes mecánicos, ya sin poder recurrir a nadie más que a nuestras propias manos, lo que hizo que el viaje se hiciera agónico, hasta que divisamos en las primeras horas de la tarde, la población de Médanos, a unos cincuenta kilómetros después de Bahía Blanca. El termómetro superaba holgadamente en esos momentos los cuarenta grados a la sombra.
Nos dirigimos al Gran Hotel Médanos, y nuestra entrada hizo que el propietario y los parroquianos presentes nos observaran sin poder creer lo que veían.
Eramos nueve fantasmas blancos de distintos tamaños, respirando dificultosamente a través de la boca entreabierta, donde los únicos vestigios de humedad se notaban en los ojos, rodeados por unas oscuras lagañas barrosas. Papá nos dijo que no podíamos consumir nada porque ya se había excedido ampliamente en los gastos previstos para el viaje, pero después se apiadó y nos dio permiso para pedir soda. Mientras él buscaba un taller mecánico para hacer arreglar el Jeep, nosotros nos ubicabamos en un par de enormes habitaciones y bastaron escasos veinte minutos para que agotáramos las existencias de soda del hotel, nos laváramos un poco y nos dispusiéramos a almorzar.
A este efecto, Mamá sacó lo que quedaba del pollo, que no pudo ser consumido por su color verde, lo que nos obligó a almorzar ingentes cantidades de pastas en el restaurante del hotel, en perjuicio de las arcas exhaustas de Papá.
Allí pasamos la noche, terminando nuestro tercer día de viaje y dejando para el día siguiente la Travesía.
Eduardo León de la Barra.
..
Si quieren ler el capítulo 3:
http://www.mundopoesia.com/foros/prosa-generales/215772-el-viaje-capitulo-3-a.html
Gracias.
Los víveres
Teniendo en cuenta la velocidad de crucero del Jeep, Papá había estimado el viaje en aproximadamente unas veinte horas de manejo, cálculo que resultó algo optimista, como veremos más adelante.
Consecuentemente, Mamá había comprado una gran cantidad de pan como para elaborar unos sesenta sandwiches, tomates, lechuga, mayonesa y el plato principal, unos seis pollos asados al horno y deshuesados para tal fin.
La partida
Era el 12 de diciembre de 1957. El tiempo transcurrido no me permite ver con claridad las imágenes residuales de estos recuerdos y me parece ver todavía los ojos llorosos de mi tía abuela Eloisa Lozano, nuestra abuela Jenny y algún otro pariente, pero sobre todo la mirada atónita de los vecinos del edificio y del barrio. El policía de la esquina había custodiado durante la noche el vehículo estacionado en la puerta de la heladería Aga Taura y nos deseaba buen viaje. Serían las diez o doce de la mañana cuando salimos rumbo al sur y fue en Parque Lezama donde tuvimos los primeros síntomas de que algo andaba mal con la temperatura del motor.
Primera etapa
Con dificultad llegamos a un taller mecánico, donde nos diagnosticaron problemas en la bomba de agua, y la necesidad de desarmar. Aprovechamos para almorzar unos sandwiches exquisitos y pacientemente esperamos casi toda la tarde hasta que se subsanó el desperfecto. Papá evaluaba las alternativas de seguir o volver, diciendo finalmente: - Ya no hay retorno, seguimos hasta el final a cualquier precio.- Continuamos nuestro viaje, desgraciadamente errando la salida de Buenos Aires, ya que en esa época no estaba muy clara la conexión de la Avenida Directorio con la Avenida Del Trabajo y fuimos a parar por unas calles ya oscuras, a escasos cinco metros del arroyo Cildáñez, en ese entonces, una peligrosa trinchera a cielo abierto de unos cinco metros de profundidad, con grave peligro de caer adentro. Finalmente luego de una trabajosa marcha atrás, continuamos nuestro viaje, haciendo una parada en Monte Grande, donde en una distracción, le robaron a Papá un poncho que llevaba en el Jeep y como no hubo nada que hacer, retomamos la marcha, llegando dos o tres horas después a Cañuelas, donde hicimos noche en algún hotelucho que no recuerdo, a ochenta kilómetros de Buenos Aires.
Segunda etapa
Al día siguiente la situación mejoró y ya veíamos las cosas con más optimismo, la vista del campo y el aire libre nos hacía más soportable a los que íbamos en el acoplado, la respiración permanente de los gases de escape del Jeep y el incómodo hacinamiento en los asientos bis a bis.
La marcha era lenta por las frecuentes paradas a comer (siempre los sandwiches de pollo) y algunos inconvenientes mecánicos, ya que tuvimos que detenernos en Monte (Km. 110), y en otros lugares que he olvidado y esa noche llegamos a Tres Arroyos, donde nos alojamos en otra hostería barata. Mamá pidió al conserje que le permitiera usar la heladera del hotel para guardar la comida que nos iba a servir todavía para el día siguiente. Papá decía que si no hubiera sido por los inconvenientes, ya estaríamos en Choele Choel, y no tendríamos que gastar tanta plata en alojamientos y comidas. En general el humor nuestro era bastante bueno, poco conscientes de los riesgos y divertidos por la aventura. En la recuperación de los recuerdos del viaje, me auxilia Clotilde, que rescata del olvido el hecho de que debido a la incomodidad de la posición de todos sentados dentro del acoplado, al cabo de tantas horas de viaje, adoptábamos las posturas más diversas, una de las cuales era sacar los ocho pies por los resquicios de la capota, siendo otra de las diversiones el canto a coro de todas las canciones que sabíamos, entre los que se encontraba una exhaustiva versión de Eran tres alpinos, repetida hasta el cansancio, lo mismo que un elefante, se balanceaba, etc.
Tercera etapa
La siguiente etapa, se desarrolló normalmente hasta salir de Bahía Blanca y enfrentar el desierto. A partir de allí se acababa el pavimento y comenzaba el polvo, el calor y sobre todo la falta de agua. Ya hacía un largo trecho que teníamos inconvenientes con la caja de cambios, porque saltaba la segunda y la velocidad promedio se vio sumamente perjudicada.
La forma cuadrada del Jeep con su acoplado, no era lo que podría calificarse como aerodinámica, lo que provocaba mucha turbulencia, de manera que el polvo ceniciento que levantaban las ruedas, invadía el interior del Jeep por los resquicios de la lona, formando después una espesa columna que rodeaba el acoplado y lo invadía impidiendo casi respirar a los que íbamos adentro. A este detalle habría que agregar el estado de la ruta, que estaba muy poceada y éstos pozos estaban disimulados por la finísima tierra blanca, formando guadales inesperados, que nos hacía saltar de una manera tal, que la inexistente suspensión del conjunto no llegaba a amortiguar en lo más mínimo. El calor se volvió insoportable y la sequedad de nuestras gargantas no había sido experimentada antes en nuestras cortas vidas.
Se sucedieron los inconvenientes mecánicos, ya sin poder recurrir a nadie más que a nuestras propias manos, lo que hizo que el viaje se hiciera agónico, hasta que divisamos en las primeras horas de la tarde, la población de Médanos, a unos cincuenta kilómetros después de Bahía Blanca. El termómetro superaba holgadamente en esos momentos los cuarenta grados a la sombra.
Nos dirigimos al Gran Hotel Médanos, y nuestra entrada hizo que el propietario y los parroquianos presentes nos observaran sin poder creer lo que veían.
Eramos nueve fantasmas blancos de distintos tamaños, respirando dificultosamente a través de la boca entreabierta, donde los únicos vestigios de humedad se notaban en los ojos, rodeados por unas oscuras lagañas barrosas. Papá nos dijo que no podíamos consumir nada porque ya se había excedido ampliamente en los gastos previstos para el viaje, pero después se apiadó y nos dio permiso para pedir soda. Mientras él buscaba un taller mecánico para hacer arreglar el Jeep, nosotros nos ubicabamos en un par de enormes habitaciones y bastaron escasos veinte minutos para que agotáramos las existencias de soda del hotel, nos laváramos un poco y nos dispusiéramos a almorzar.
A este efecto, Mamá sacó lo que quedaba del pollo, que no pudo ser consumido por su color verde, lo que nos obligó a almorzar ingentes cantidades de pastas en el restaurante del hotel, en perjuicio de las arcas exhaustas de Papá.
Allí pasamos la noche, terminando nuestro tercer día de viaje y dejando para el día siguiente la Travesía.
Eduardo León de la Barra.
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Si quieren ler el capítulo 3:
http://www.mundopoesia.com/foros/prosa-generales/215772-el-viaje-capitulo-3-a.html
Gracias.
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