edelabarra
Mod. Enseñante. Mod. foro: Una imagen, un poema
El VIAJE
Los preparativos
El viaje ya estaba decidido. Transcurría el año 1957 y Papá ya había cerrado trato con Roberto Coco Uthurralt, (un lejano tío político), sobre la compra de un jeep guerrero modelo 1944 que por decirlo de un modo tolerante, no alcanzó las expectativas. Después de varios meses de espera en los que Papá ya caminaba por las paredes de impaciencia, llegó el Jeep, el que indudablemente, a juzgar por su aspecto, tuvo activa participación en la Segunda Guerra Mundial, seguramente en Normandía, y después en Japón, Okinawa y Corea.
Los motivos de la decisión se debían, a mi criterio y gracias a la perspectiva que me dan casi cincuenta años de distancia, a un conjunto de factores que dividiría según los siguientes porcentajes: En un treinta por ciento al próximo advenimiento de Alejandro (el décimo en camino) y la ya imposibilidad de alojarnos en el departamento de Cerrito 1183, que sólo tenía tres dormitorios; en un sesenta por ciento a un alto grado de paranoia antiurbana y antiburocrática, producida por veinticinco años de empleo público y diez de peronismo en la persona de mi padre, que culminaron con una hinchazón de venas, de broncas e impotencias que precipitaron la locura del éxodo; y un diez por ciento a una visión algo romántica de la vida rural, seguramente debida a buenas experiencias y recuerdos de su juventud, en tiempos pasados en la estancia El Socorro de los Echagüe, en su condición de invitado y amigo de los dueños.
El problema principal era la vivienda, ya solucionado porque habiendo vendido Papá muy bien su De Soto modelo 1948 en la suma de 135.000 pesos, compró una chacra de treinta hectáreas, por intermedio del agrimensor Pommer, que fue tan convincente al exaltar las bondades del chalet Borrini, mansión muy conocida en la zona, de cuatro dormitorios, parquet de roble de eslavonia y generosas galerías, que sin verla cerró también trato, igual que con el jeep.
Después de algún viaje exploratorio realizado en tren, en el que fueron Mamá y Papá munidos de papel milimetrado y cinta métrica, supimos la geometría aproximada de nuestra propiedad, en la que estaban dibujadas las cortinas de árboles existentes (tamariscos), la casa y los límites del campo.
Se acercaba el verano y la primera avanzada la constituyeron Carlos (17) y Capi (16), quienes fueron en tren, ocupando la casa que estaba custodiada por los caseros que eran, uno, un viejo uruguayo de nacimiento y vasco de sangre, Don Leonardo Bidegain, un criollo de pura cepa y grandes bigotones blancos, y la otra una mujer deteriorada por la dura vida patagónica y de edad indefinida, Lucía. Esta pintoresca pareja acompañó los primeros meses de nuestra estadía y nos ayudó mucho en el conocimiento de nuestro nuevo territorio.
Continuando con los preparativos del viaje en la primavera del 57, el siguiente inconveniente era la falta de lugar en el jeep para el traslado de los jefes de familia y nosotros, los siete hermanos restantes.
Teníamos en ese entonces un acoplado metálico de dos ruedas que se enganchaba con una lanza en V a la bocha de acero fijada en el paragolpes del De Soto. Antes de venderlo, se guardó la bocha y oportunamente se colocó en el paragolpes del Jeep.
Como a Papá le pareció que no podíamos viajar como carga en el acoplado, se compraron dos asientos de madera sin tapizar, en algún desarmadero de la calle Warnes. La tarea del tapizado le tocó a Mamá, quien les claveteó una cuerina, dejándolos muy aceptables. Los abulonaron a un par de listones como si fuera un trineo, frente a frente y fueron colocados en el acoplado, ocupando casi el ochenta por ciento del lugar disponible. Además el acoplado contaba con una capota cuadrada de lona, lo que daba una cierta intimidad al conjunto y solamente permitía a los pasajeros mirar hacia atrás a través de la cortina de lona enrollable que servía de cierre.
Es necesario recurrir a la imaginación para tener una idea de la imagen final del transporte, ya totalmente acondicionado para la salida, teniendo en cuenta que se le agregaron los bultos correspondientes a nueve personas, un sinfín de cosas que podían ser útiles, una bicicleta que iba atada sobre la lanza del acoplado, y los víveres, más las nueve personas. En el Jeep se subieron, Papá al volante, con unos blue jeans nuevos que usaría durante los restantes años de su vida, en el asiento del copiloto Mamá, todavía no resignada totalmente y con un avanzado embarazo, en el habitáculo metálico trasero Elvira, de poco más de dos años de edad, Federico (8), futura pieza fundamental de nuestra vida en la Patagonia y creo que la quinta era María (10). En el acoplado viajabamos sentados con relativa comodidad los cuatro restantes, es decir, Elena (13), Clotilde (11), Dolores (10) y yo (15), con bastante poco espacio para colocar los pies.
La partida
Sentados frente a frente en el carruaje,
así los cuatro hermanos en pandilla
sin saber la cercana pesadilla,
muy alegres partíamos de viaje.
Poco a poco se alejaba este equipaje,
del grisáceo contorno de la villa.
Me volví a contemplar por la mirilla,
debiendo recurrir a mi coraje;
El paisaje se hundía acelerado,
cada vez más grande la distancia,
por un punto voraz, milla tras milla.
Ví que ya se desangraba mi pasado,
llevándose los restos de mi infancia,
como agua que se va por la rejilla.
Eduardo León de la Barra
..
Sigue en: http://www.mundopoesia.com/foros/prosa-generales/215498-el-viaje-capitulo-2-a.html
Los preparativos
El viaje ya estaba decidido. Transcurría el año 1957 y Papá ya había cerrado trato con Roberto Coco Uthurralt, (un lejano tío político), sobre la compra de un jeep guerrero modelo 1944 que por decirlo de un modo tolerante, no alcanzó las expectativas. Después de varios meses de espera en los que Papá ya caminaba por las paredes de impaciencia, llegó el Jeep, el que indudablemente, a juzgar por su aspecto, tuvo activa participación en la Segunda Guerra Mundial, seguramente en Normandía, y después en Japón, Okinawa y Corea.
Los motivos de la decisión se debían, a mi criterio y gracias a la perspectiva que me dan casi cincuenta años de distancia, a un conjunto de factores que dividiría según los siguientes porcentajes: En un treinta por ciento al próximo advenimiento de Alejandro (el décimo en camino) y la ya imposibilidad de alojarnos en el departamento de Cerrito 1183, que sólo tenía tres dormitorios; en un sesenta por ciento a un alto grado de paranoia antiurbana y antiburocrática, producida por veinticinco años de empleo público y diez de peronismo en la persona de mi padre, que culminaron con una hinchazón de venas, de broncas e impotencias que precipitaron la locura del éxodo; y un diez por ciento a una visión algo romántica de la vida rural, seguramente debida a buenas experiencias y recuerdos de su juventud, en tiempos pasados en la estancia El Socorro de los Echagüe, en su condición de invitado y amigo de los dueños.
El problema principal era la vivienda, ya solucionado porque habiendo vendido Papá muy bien su De Soto modelo 1948 en la suma de 135.000 pesos, compró una chacra de treinta hectáreas, por intermedio del agrimensor Pommer, que fue tan convincente al exaltar las bondades del chalet Borrini, mansión muy conocida en la zona, de cuatro dormitorios, parquet de roble de eslavonia y generosas galerías, que sin verla cerró también trato, igual que con el jeep.
Después de algún viaje exploratorio realizado en tren, en el que fueron Mamá y Papá munidos de papel milimetrado y cinta métrica, supimos la geometría aproximada de nuestra propiedad, en la que estaban dibujadas las cortinas de árboles existentes (tamariscos), la casa y los límites del campo.
Se acercaba el verano y la primera avanzada la constituyeron Carlos (17) y Capi (16), quienes fueron en tren, ocupando la casa que estaba custodiada por los caseros que eran, uno, un viejo uruguayo de nacimiento y vasco de sangre, Don Leonardo Bidegain, un criollo de pura cepa y grandes bigotones blancos, y la otra una mujer deteriorada por la dura vida patagónica y de edad indefinida, Lucía. Esta pintoresca pareja acompañó los primeros meses de nuestra estadía y nos ayudó mucho en el conocimiento de nuestro nuevo territorio.
Continuando con los preparativos del viaje en la primavera del 57, el siguiente inconveniente era la falta de lugar en el jeep para el traslado de los jefes de familia y nosotros, los siete hermanos restantes.
Teníamos en ese entonces un acoplado metálico de dos ruedas que se enganchaba con una lanza en V a la bocha de acero fijada en el paragolpes del De Soto. Antes de venderlo, se guardó la bocha y oportunamente se colocó en el paragolpes del Jeep.
Como a Papá le pareció que no podíamos viajar como carga en el acoplado, se compraron dos asientos de madera sin tapizar, en algún desarmadero de la calle Warnes. La tarea del tapizado le tocó a Mamá, quien les claveteó una cuerina, dejándolos muy aceptables. Los abulonaron a un par de listones como si fuera un trineo, frente a frente y fueron colocados en el acoplado, ocupando casi el ochenta por ciento del lugar disponible. Además el acoplado contaba con una capota cuadrada de lona, lo que daba una cierta intimidad al conjunto y solamente permitía a los pasajeros mirar hacia atrás a través de la cortina de lona enrollable que servía de cierre.
Es necesario recurrir a la imaginación para tener una idea de la imagen final del transporte, ya totalmente acondicionado para la salida, teniendo en cuenta que se le agregaron los bultos correspondientes a nueve personas, un sinfín de cosas que podían ser útiles, una bicicleta que iba atada sobre la lanza del acoplado, y los víveres, más las nueve personas. En el Jeep se subieron, Papá al volante, con unos blue jeans nuevos que usaría durante los restantes años de su vida, en el asiento del copiloto Mamá, todavía no resignada totalmente y con un avanzado embarazo, en el habitáculo metálico trasero Elvira, de poco más de dos años de edad, Federico (8), futura pieza fundamental de nuestra vida en la Patagonia y creo que la quinta era María (10). En el acoplado viajabamos sentados con relativa comodidad los cuatro restantes, es decir, Elena (13), Clotilde (11), Dolores (10) y yo (15), con bastante poco espacio para colocar los pies.
La partida
Sentados frente a frente en el carruaje,
así los cuatro hermanos en pandilla
sin saber la cercana pesadilla,
muy alegres partíamos de viaje.
Poco a poco se alejaba este equipaje,
del grisáceo contorno de la villa.
Me volví a contemplar por la mirilla,
debiendo recurrir a mi coraje;
El paisaje se hundía acelerado,
cada vez más grande la distancia,
por un punto voraz, milla tras milla.
Ví que ya se desangraba mi pasado,
llevándose los restos de mi infancia,
como agua que se va por la rejilla.
Eduardo León de la Barra
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Sigue en: http://www.mundopoesia.com/foros/prosa-generales/215498-el-viaje-capitulo-2-a.html
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