El vértigo arborescente se consume en copas abiertas de azufre floreado. En su infinita misericordia exhalan un aroma sólo apto para seres aguerridos. Estos quedan preñados, en sus mentes, de una visión nocturna que muerde cual mastín condenado. Pero, a ellos eso les encanta. Saben que sólo así podrán expiar sus viles pecados. Y presentarse, el día del juicio final, cual santos deformes pero con pulcra vestimenta blanca manchada de vino tinto. Sienten el vértigo. Cada vez que vacilan sus ojos al mirar hacia las plantas de sus escuálidos pies. Pero, a ellos eso les nutre de un licor mortuorio que acabará por cegarlos de mísera y postrera complacencia. Si aún así mantuviesen sus bocas cerradas. Pero, en su lugar, propalan a los siete vientos alaridos descomunales. Que fermentan en un pésimo sonido obtuso y que acaba por reblandecer sus secos cerebros. Mientras, el psiquiatra espera a las afueras para meterlos en el negro y abominable manicomio.
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