Rosa Reeder
Poeta que considera el portal su segunda casa
En el ocaso del día, donde los sueños se deslizan,
un rayo de sol, cansado de su viaje,
se asoma por la esquina de un cielo de terciopelo,
dejando caer su último suspiro en una mariposa de cristal.
Flota en el aire, entre risas de nubes desbordadas,
susurra secretos de un tiempo que no existe,
mientras las sombras danzan, desenfrenadas,
como si cada paso fuese un eco en la penumbra.
El rayo se mezcla con la risa de un niño perdido,
que juega a atrapar estrellas con manos de papel,
y en el reflejo de su mirada,
las memorias florecen como lirios en un estanque olvidado.
Las flores se abren, doradas y delirantes,
bailando al compás de un viento que canta,
y al caer la noche, el rayo se funde
con el murmullo de los fantasmas que recorren el bosque.
En la distancia, un reloj de arena llora,
su grano final se convierte en un suspiro,
y el rayo, ahora prisionero de la penumbra,
se desliza suavemente hacia el abrazo de la luna.
Pero antes de partir, deja su estela,
un rastro de luz que envuelve recuerdos,
y entre susurros de estrellas y ecos de ríos,
deja un legado en el corazón de la tierra.
Hay un último destello, un chispazo de eternidad,
mientras la oscuridad danza y el día se retira,
en el instante preciso en que el sol se despide,
un rayo se convierte en un poema,
un susurro que perdura en el alma del mundo,
un brillo eterno en la memoria de aquellos que miran.
Rosa Maria Reeder
Derechos Reservados
un rayo de sol, cansado de su viaje,
se asoma por la esquina de un cielo de terciopelo,
dejando caer su último suspiro en una mariposa de cristal.
Flota en el aire, entre risas de nubes desbordadas,
susurra secretos de un tiempo que no existe,
mientras las sombras danzan, desenfrenadas,
como si cada paso fuese un eco en la penumbra.
El rayo se mezcla con la risa de un niño perdido,
que juega a atrapar estrellas con manos de papel,
y en el reflejo de su mirada,
las memorias florecen como lirios en un estanque olvidado.
Las flores se abren, doradas y delirantes,
bailando al compás de un viento que canta,
y al caer la noche, el rayo se funde
con el murmullo de los fantasmas que recorren el bosque.
En la distancia, un reloj de arena llora,
su grano final se convierte en un suspiro,
y el rayo, ahora prisionero de la penumbra,
se desliza suavemente hacia el abrazo de la luna.
Pero antes de partir, deja su estela,
un rastro de luz que envuelve recuerdos,
y entre susurros de estrellas y ecos de ríos,
deja un legado en el corazón de la tierra.
Hay un último destello, un chispazo de eternidad,
mientras la oscuridad danza y el día se retira,
en el instante preciso en que el sol se despide,
un rayo se convierte en un poema,
un susurro que perdura en el alma del mundo,
un brillo eterno en la memoria de aquellos que miran.
Rosa Maria Reeder
Derechos Reservados