Aquel trovador de larga melena azul amenizaba las fiestas de salón de su dueño y señor el conde. En una noche calurosa de octavo mes del año se congregaban todos los potentados del Imperio. Estaban sentados a la mesa, repleta de manjares de caza y vino español. Las velas ardían e iluminaban los rostros alegres de los congregados. Mientras nuestro joven bardo cantaba con su instrumento de potente melodía medieval, algunas damas se levantaban con sus maridos para bailar con furia frente a la chimenea de llamarada roja como la sangre. Sin embargo, un golpe ominoso se escuchó en la puerta cerrada a cal y canto. El trovador paró de tocar y fue presto a abrirla. Mas su noble protector lo paró en seco. Quería nuestro ya viejo conde, pero de vivos y expresivos ojos azules, abrir él. Cuando lo hizo vio ante sí la indumentaria de un trasnochado guardador de cadáveres. Traía a su hijo atravesado en el corazón por la flecha malévola de un enemigo de sus nobles tierras. Lo depositaron en el centro del salón, sobre una alfombra de filigranas árabes y, llorando amargamente sobre el pecho encharcado de su primogénito, expiró el conde de profunda pena el hálito eterno y dador de magna vida.