Por una senda boscosa y a plena luz de la medialuna, un jinete va cabalgando en su recio caballo en busca de su novia perdida. Suelta de su boca congruentes palabras mágicas. Para que la niña de sus ojos las escuche y, en un trance de sonámbulo espíritu tutelar, vaya a su encuentro. Mas las horas pasan y no llega el vestal premio de su atenazado corazón. Entonces, desmonta y recorre a pie solo el camino polvoriento. Sin más demora, observa una luz tras un roble seco que descansa en la mansa y verdear espesura de helechos. Creyendo que es quizá ella con un farol en mano, empieza a correr en dirección hacia su ferviente objeto de sus santos amores. Pero, cuando ya ha alcanzado la meta, se encuentra horrorizado con ojos contemplativos de furioso odio cómo su diosa del alma retoza bajo un fuego fatuo en un agujero terrenal con un demonio de vil cornamenta. Saca un sable y, predispuesto a matar a ambos, cae al suelo cegado por la substancia líquida que de liquidadora descomposición le lanzó su traicionera amante.
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