David Bernal
Poeta recién llegado
Pasan los segundos, van llenando los minutos
Giran las agujas del reloj y dan sus frutos
Mojan del tintero estas gotas diligentes
Este papel blanco que es el alma de mi mundo
Corren tan aprisa con trajes a la oficina
Raudos como rayos cruzan cielos de tormenta
Siempre preocupados por ganancias y apariencias
Siempre preocupados por ganar cada segundo
Cuentan primaveras esos troncos de la encina
Gruesos como piernas, van llenándose de leña
Van contando cientos cuando prueban esa sierra
Para consumirse en el hogar de alguna aldea
Cuentan los milenios esas rocas comprimidas
En el centro mismo, tan ardiente de la tierra
Cuentan los inviernos y esos hielos que las quiebran
Inclementes las escarchas, reduciéndolas a arena
Cuentan lluvias con sus dedos las montañas
Cuentan surcos sus laderas como heridas
De la guerra que se libra con el tiempo
Arañando su perfil con sus anillos
Como el rostro de esos viejos centenarios
Junta arrugas por cada una de sus penas
Sus angustias y sus lágrimas pasadas
Inviernos, vernos y primaveras
El aliento de un amor que ahora ya es polvo
Consumido por las noches de canela
Cuenta muebles terminados esa gubia
Afilados desvastándose en la piedra
Martillazos del brazo lleno de nudos
Que le exige terminar con su encomienda
Cuenta el muerto cada uno de sus gusanos
Como dólares metiendo en su cartera
En el cofre que tan bien habrá pagado
Con el peso de cada uno de sus años
Cuenta el hierro ardiente de la forja
Cada chispa al convertirse en utensilio
Cuenta el óxido es el tiempo para asirlo
Digiriéndolo hasta convertirlo en polvo
Este, en mancha, roja al restregarse
El pantalón de un hombre ensimismado
Perderá un dedo, y hasta quizá un ojo
Un amor, sus sueños y su orgullo
Frotándola hasta sacarla con enojo
Que somera concepción del tiempo hacemos
Regalándolo como hojas de pañuelo
Un bien tan preciado como el oro
Lo único, que en realidad tenemos
Lo único, que sorprendentemente nos dan gratis
Y que al terminarlo, se convierte en lloro
Giran las agujas del reloj y dan sus frutos
Mojan del tintero estas gotas diligentes
Este papel blanco que es el alma de mi mundo
Corren tan aprisa con trajes a la oficina
Raudos como rayos cruzan cielos de tormenta
Siempre preocupados por ganancias y apariencias
Siempre preocupados por ganar cada segundo
Cuentan primaveras esos troncos de la encina
Gruesos como piernas, van llenándose de leña
Van contando cientos cuando prueban esa sierra
Para consumirse en el hogar de alguna aldea
Cuentan los milenios esas rocas comprimidas
En el centro mismo, tan ardiente de la tierra
Cuentan los inviernos y esos hielos que las quiebran
Inclementes las escarchas, reduciéndolas a arena
Cuentan lluvias con sus dedos las montañas
Cuentan surcos sus laderas como heridas
De la guerra que se libra con el tiempo
Arañando su perfil con sus anillos
Como el rostro de esos viejos centenarios
Junta arrugas por cada una de sus penas
Sus angustias y sus lágrimas pasadas
Inviernos, vernos y primaveras
El aliento de un amor que ahora ya es polvo
Consumido por las noches de canela
Cuenta muebles terminados esa gubia
Afilados desvastándose en la piedra
Martillazos del brazo lleno de nudos
Que le exige terminar con su encomienda
Cuenta el muerto cada uno de sus gusanos
Como dólares metiendo en su cartera
En el cofre que tan bien habrá pagado
Con el peso de cada uno de sus años
Cuenta el hierro ardiente de la forja
Cada chispa al convertirse en utensilio
Cuenta el óxido es el tiempo para asirlo
Digiriéndolo hasta convertirlo en polvo
Este, en mancha, roja al restregarse
El pantalón de un hombre ensimismado
Perderá un dedo, y hasta quizá un ojo
Un amor, sus sueños y su orgullo
Frotándola hasta sacarla con enojo
Que somera concepción del tiempo hacemos
Regalándolo como hojas de pañuelo
Un bien tan preciado como el oro
Lo único, que en realidad tenemos
Lo único, que sorprendentemente nos dan gratis
Y que al terminarlo, se convierte en lloro