Placer efímero que se disuelve en volutas de humo consagrado a los dioses hedonistas. Calada parturienta que amplía mis pulmones risueños. El tabaco, en cigarrillo y en puro, es el summum esse de la gloria placentera; para percibir, con mayor placer, el mundo interior y exterior recíprocamente. El tabaco es el sagrado elemento que extasía el espíritu y el alma de quien fuma sin ansia. Sólo por el mero hecho de percibir el flujo magnético; que se haya tras la visión extática que subyace a la realidad celosa. Una cajetilla, dos, tres más consumidas. Qué más da. Cada uno tiene un tope para despertar conciencia. Y, así, ponerse en conexión con la celosía colorista. Integrada en el éter vaporoso de la inocente naturaleza. La sensación que se obtiene, cuando la nicotina recorre la sangre; por las venas hasta llegar a la glándula pineal, es la de un infinito despertar de los espíritus animales. Los cuales, agudizan el potencial de los sentidos espaciales y temporales. Nos ponemos en conexión con entidades. Que moran tras la realidad aparente. Y, entonces, se produce el glorioso orgasmo tras la consumación trastocada en colilla sagrada. Allí, muerta en el sacro santo cenicero atestado de ceniza.