Poetacandente
Poeta asiduo al portal
[center:315cc47c77]El sueño mortal.
[/center:315cc47c77]
Se despedía, amargado, en el crepúsculo, el sol tímido y amarillento, que colerizaba a rojo lóbrego, amedrentando las nubes.
Y llegó así, una noche de luna llena. Los gritos, las explosiones que manaban de la tierra al aire y el desorden que paría la gente, caracterizaban a ésta como la última noche. Pero el caos al fin terminó quizá dos horas después de que el reloj de la parroquia San Juan Evangelista marcara las doce. Las calles ahora se veían muertas y suspendidas en el tiempo, como en la eterna tarde de un domingo *santiagueño, pero de noche. Sólo quedaron las palomas comiendo los pocos restos comestibles que quedaban del humano en las calles.
Al día siguiente, despertó la ciudad y la gente. Era año nuevo y los camiones de basura se ponían a trabajar arduamente, rejuntando los desechos de la última noche del año pasado.
Javier, neurasténico y paranoico, preparaba el pellejo para su muerte, como quien prepara sus maletas para un viaje sin retorno. No es un buen día para morir pensó con un ademán y un arco en las cejas como auto-consuelo.
Era el año 3000, y nadie moría fácilmente. Javier padecía, por ejemplo, de un cáncer extraño situado en el diafragma, pero un buen robot intravenoso que funcionara como un respirador podría ayudarlo en su hálito y aletargar por varios años la venida de su muerte. Y aunque él poesía dicha máquina en su interior, nada lograba consolarlo, y tenía el nítido presentimiento de que su muerte era inminente. Justo sonó el teléfono. Él lo ignoró, pues, ¿para qué atenderlo? No le quedaban muchos días, y quería pasar lo que él creía como sus últimos momentos a solas.
Él ya estaba harto de vivir. Cada día se mostraba más cabizbajo, y su columna se arqueaba, marchita, cada vez más rumbo al suelo taciturno. Aunque su respirador funcionaba bien. Era una máquina perfecta, situada en el torrente sanguíneo: Un micro-robot que proporcionaba, con cálculos precisos de horas y fechas de los años, un río de oxígeno, en diferentes medidas, según el horario correspondiente a la dosis. Cuando a este autómata se le acababan las baterías, sonaba una pequeña alarma, y, en caso de emergencias, tenía un menudo panel solar con que recargarse.
Y así, afligido, decidió viajar a Buenos Aires, sólo por pasatiempo, esperando a que algo acabase finalmente con él. Y, tomando coraje, entró al avión. Pronto, llegaron mensajes a su teléfono celular que, ahora, estaban permitidos en las aeronaves. Era su médico, llamando, seguramente, para saber cómo se encontraba, lo cual, debía hacer todos los días. Él no atendió el teléfono celular. Se puso a ver cómo cambiaban las coloridas gamas celestiales, tiñendo de un rojo pardo a su pueblo que, cada vez se hacía más chico a medida que el avión ascendía. Todo parecía tranquilo en el avión, sí. Quizá sorprendería una insignificante turbulencia. Su ciudad natal se veía ahora con sus ojos de luces apagados y apaciguada por el sueño general, como si nada la cambiase. Todo era tranquilo. Como tenía que ser. Acaso una madre retando a su niño era lo único que podía alterar el silencio unánime y abrasador del avión. Javier sonrió. Era casi descartada la posibilidad de una muerte, a menos que la mala suerte lo apuñalase. Él dormía, sí, burlando a la muerte. Y cerraba sus ojos cada vez más fuerte, para cerciorarse irónicamente de no estar muerto. El avión era estrecho, y casi embalaba a la gente. Y Javier, al despertar, ya aburrido, empezó a hablar con su compañero de viaje, que casualmente estaba leyendo un libro que le produjo curiosidad.
- Hey, vos, pibe. ¿Qué estás leyendo?
- Es un libro sobre maquinarias. Es interesante, la verdad. Es muy famoso, ¿Vos nunca lo leíste?. Explica cómo gran parte de las máquinas, robots y computadoras dejan de funcionar al término de los milenios. Como en el año 2000. Las máquinas delimitaron sus fechas y horas, acorraladas en un parámetro estrecho que solamente llegaba a 1999. Lo mismo pasará hoy. El sistema de las máquinas se confundirá. Los robots colapsarán en su programación y harán todo quizá en horas y fechas incorrectas.
- Oh, sí... interesante dijo Javier, en un tono confuso, como quien olvida algo, y, además, jadeante, y con falta de aire. Y el teléfono sonó nuevamente. Era su médico otra vez. Esta vez, sí atendió el teléfono:
- Hola, Doctor.
- ¡Javier! Has cometido un gran err...
- ¡Cállese, Doctor! Sólo dígale a mi señora que la amo.
Javier terminó la conversación abruptamente y, mientras cerraba sus ojos, dibujó una sonrisa en su boca, la cual persistiría hasta el día de su funeral. Sí, cerró sus ojos, como quien duerme ahora para no despertar. Como quien prepara sus maletas para un viaje sin retorno.
[/center:315cc47c77]
Se despedía, amargado, en el crepúsculo, el sol tímido y amarillento, que colerizaba a rojo lóbrego, amedrentando las nubes.
Y llegó así, una noche de luna llena. Los gritos, las explosiones que manaban de la tierra al aire y el desorden que paría la gente, caracterizaban a ésta como la última noche. Pero el caos al fin terminó quizá dos horas después de que el reloj de la parroquia San Juan Evangelista marcara las doce. Las calles ahora se veían muertas y suspendidas en el tiempo, como en la eterna tarde de un domingo *santiagueño, pero de noche. Sólo quedaron las palomas comiendo los pocos restos comestibles que quedaban del humano en las calles.
Al día siguiente, despertó la ciudad y la gente. Era año nuevo y los camiones de basura se ponían a trabajar arduamente, rejuntando los desechos de la última noche del año pasado.
Javier, neurasténico y paranoico, preparaba el pellejo para su muerte, como quien prepara sus maletas para un viaje sin retorno. No es un buen día para morir pensó con un ademán y un arco en las cejas como auto-consuelo.
Era el año 3000, y nadie moría fácilmente. Javier padecía, por ejemplo, de un cáncer extraño situado en el diafragma, pero un buen robot intravenoso que funcionara como un respirador podría ayudarlo en su hálito y aletargar por varios años la venida de su muerte. Y aunque él poesía dicha máquina en su interior, nada lograba consolarlo, y tenía el nítido presentimiento de que su muerte era inminente. Justo sonó el teléfono. Él lo ignoró, pues, ¿para qué atenderlo? No le quedaban muchos días, y quería pasar lo que él creía como sus últimos momentos a solas.
Él ya estaba harto de vivir. Cada día se mostraba más cabizbajo, y su columna se arqueaba, marchita, cada vez más rumbo al suelo taciturno. Aunque su respirador funcionaba bien. Era una máquina perfecta, situada en el torrente sanguíneo: Un micro-robot que proporcionaba, con cálculos precisos de horas y fechas de los años, un río de oxígeno, en diferentes medidas, según el horario correspondiente a la dosis. Cuando a este autómata se le acababan las baterías, sonaba una pequeña alarma, y, en caso de emergencias, tenía un menudo panel solar con que recargarse.
Y así, afligido, decidió viajar a Buenos Aires, sólo por pasatiempo, esperando a que algo acabase finalmente con él. Y, tomando coraje, entró al avión. Pronto, llegaron mensajes a su teléfono celular que, ahora, estaban permitidos en las aeronaves. Era su médico, llamando, seguramente, para saber cómo se encontraba, lo cual, debía hacer todos los días. Él no atendió el teléfono celular. Se puso a ver cómo cambiaban las coloridas gamas celestiales, tiñendo de un rojo pardo a su pueblo que, cada vez se hacía más chico a medida que el avión ascendía. Todo parecía tranquilo en el avión, sí. Quizá sorprendería una insignificante turbulencia. Su ciudad natal se veía ahora con sus ojos de luces apagados y apaciguada por el sueño general, como si nada la cambiase. Todo era tranquilo. Como tenía que ser. Acaso una madre retando a su niño era lo único que podía alterar el silencio unánime y abrasador del avión. Javier sonrió. Era casi descartada la posibilidad de una muerte, a menos que la mala suerte lo apuñalase. Él dormía, sí, burlando a la muerte. Y cerraba sus ojos cada vez más fuerte, para cerciorarse irónicamente de no estar muerto. El avión era estrecho, y casi embalaba a la gente. Y Javier, al despertar, ya aburrido, empezó a hablar con su compañero de viaje, que casualmente estaba leyendo un libro que le produjo curiosidad.
- Hey, vos, pibe. ¿Qué estás leyendo?
- Es un libro sobre maquinarias. Es interesante, la verdad. Es muy famoso, ¿Vos nunca lo leíste?. Explica cómo gran parte de las máquinas, robots y computadoras dejan de funcionar al término de los milenios. Como en el año 2000. Las máquinas delimitaron sus fechas y horas, acorraladas en un parámetro estrecho que solamente llegaba a 1999. Lo mismo pasará hoy. El sistema de las máquinas se confundirá. Los robots colapsarán en su programación y harán todo quizá en horas y fechas incorrectas.
- Oh, sí... interesante dijo Javier, en un tono confuso, como quien olvida algo, y, además, jadeante, y con falta de aire. Y el teléfono sonó nuevamente. Era su médico otra vez. Esta vez, sí atendió el teléfono:
- Hola, Doctor.
- ¡Javier! Has cometido un gran err...
- ¡Cállese, Doctor! Sólo dígale a mi señora que la amo.
Javier terminó la conversación abruptamente y, mientras cerraba sus ojos, dibujó una sonrisa en su boca, la cual persistiría hasta el día de su funeral. Sí, cerró sus ojos, como quien duerme ahora para no despertar. Como quien prepara sus maletas para un viaje sin retorno.