El ensimismamiento de aquel hombre, todo él con el fuego de sus ojos puestos en un libro de brujería, hacía dudar a sus familiares cercanos sobre su salud. Se pasaba todas las noches, a la luz de una consagrada vela, rígido y de pie. Recitando versos de obscuro pasado renacentista. Cuando la magia caldea había sido rescatada del pasillo de las sombras. Cada vez que estaba encerrado en su habitación, unas sacudidas telúricas anunciaban desgracias según el sentido común de sus padres y hermanos. Pero él, alienado por los ritos ancestrales que revivía, quería a toda costa la aparición diabólica de un ente saturnal. Para congraciarse en espíritu desdichado y obtener las artes melancólicas de la ciencia pagana. Y así, hacer un viaje a oriente y convertirse en todo un sacerdote de ferviente ánima; germinadora de dones sobrenaturales. Pero un día, mientras nuestro enigmático hombre estaba durmiendo, entraron en la casa sus primos de religión cristiana. Y advertidos por el posible peligro que corría, quemaron todos sus enseres supersticiosos en una chimenea. Y cuando nuestro sujeto despertó, se volatilizó en lo que siempre había querido ser: una entidad de purificadora llama espiritual y congraciada con los astros del universo.