DonQuevedo
Poeta recién llegado
Este sitio ha dejado de llamarme:
es un albergue sin custodios,
una misericordia que se retiró en silencio
o aprendió a disfrazarse de sombra
Esta noche debo extraviarme con método,
distraer al mundo de mi nombre, hallar un signo
que ablande el hierro de mi pecho
y arranque de la carne este presagio
que insiste en repetirse.
Debo partir: acelerar el paso, sustraerme,
porque una vez más lo íntimo se volvió enigma,
una vez más las cartas ya estaban dadas
y a esta ciudad, como a un palimpsesto,
le emerge un sentido intolerable.
No temo a la tormenta: fui educado por ella.
No temo al fuego: soy su cifra.
No imploro un abrazo,
imploro una respuesta,
esa ausencia que me constituye.
Debo seguir la única huella no corrompida,
perseguir aquello que no admite precio,
cegarme con la fe
de que más allá de la muerte
persiste un azul que no ha sido nombrado
Y si no fuera así, llorar únicamente
cuando el cielo decida hacerlo;
que comprenda mi grito y yo el suyo,
confundirme con su alfabeto secreto
y permitir que las lágrimas
insistan hasta abrir la piedra.
Autor: Agustín Nataniel Canosa
es un albergue sin custodios,
una misericordia que se retiró en silencio
o aprendió a disfrazarse de sombra
Esta noche debo extraviarme con método,
distraer al mundo de mi nombre, hallar un signo
que ablande el hierro de mi pecho
y arranque de la carne este presagio
que insiste en repetirse.
Debo partir: acelerar el paso, sustraerme,
porque una vez más lo íntimo se volvió enigma,
una vez más las cartas ya estaban dadas
y a esta ciudad, como a un palimpsesto,
le emerge un sentido intolerable.
No temo a la tormenta: fui educado por ella.
No temo al fuego: soy su cifra.
No imploro un abrazo,
imploro una respuesta,
esa ausencia que me constituye.
Debo seguir la única huella no corrompida,
perseguir aquello que no admite precio,
cegarme con la fe
de que más allá de la muerte
persiste un azul que no ha sido nombrado
Y si no fuera así, llorar únicamente
cuando el cielo decida hacerlo;
que comprenda mi grito y yo el suyo,
confundirme con su alfabeto secreto
y permitir que las lágrimas
insistan hasta abrir la piedra.
Autor: Agustín Nataniel Canosa