Ricardo López Castro
*Deuteronómico*
Un payaso enterrado lanzaba cuchilladas hacia el cielo,
donde las risotadas no se oían,
mientras un haz de luz anegaba el asfalto,
a unos metros, a una distancia efímera,
ciega nariz y ciego tacto
-Las alturas sonaban como un dolor de muelas,
tiritaban.-,
se hicieron muerte en multitud,
cuando la soledad del sueño se volvió realidad,
la tierra se engullió.
La cosecha fue un éxito,
igual que el corcho sobre el agua,
desconociendo el día,
presuntuosos, después de haber perdido el único tesoro,
después de descubrir que el cuerpo no se pudre,
es el ser desalmado, el que nos acompaña,
tras este accidental despiste de los dioses,
los humanos -Todos los que creían en la diversidad.-
perdieron ese miedo al castigo, al infierno,
al eterno descanso de su mundo,
a despertarse,
a dormir,
a la ansiedad,
al sufrimiento,
a ser distintos.