ropittella
Poeta veterana en el Portal
Érase una vez un hombre, dueño de siete espejos. Cada día se miraba en uno distinto, los tenía prolijamente acomodados y muy bien protegidos, los cubría con paños muy gruesos. Cada jueves le tocaba el de verse infeliz, o sea el quinto. Se miraba durante un buen rato antes de vestirse y luego de cumplir con todas las rutinas mañaneras -incluídas las escatológicas- concurría a la farmacia para preguntarle al farmacéutico si los científicos ya habían descubierto el remedio contra el cáncer.
Así lo hizo durante muchos años, mientras el farmacéutico lo atendía con esmero, tratando de explicarle cada jueves, cada siete días: que no....
Hace poco, un jueves se quedó dormido, apresurado se miró y no cubrió el espejo -tampoco se lavó la cara, ni las manos- esa vez salió corriendo hasta la farmacia.
La encontró cerrada por duelo, el farmacéutico: muerto a causa del cáncer.
El hombre sospechó inmediatamente que el espejo de los jueves se había roto.
Regresó a su casa y efectivamente, allí estaba su infelicidad hecha añicos.
Así lo hizo durante muchos años, mientras el farmacéutico lo atendía con esmero, tratando de explicarle cada jueves, cada siete días: que no....
Hace poco, un jueves se quedó dormido, apresurado se miró y no cubrió el espejo -tampoco se lavó la cara, ni las manos- esa vez salió corriendo hasta la farmacia.
La encontró cerrada por duelo, el farmacéutico: muerto a causa del cáncer.
El hombre sospechó inmediatamente que el espejo de los jueves se había roto.
Regresó a su casa y efectivamente, allí estaba su infelicidad hecha añicos.
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