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El señor de los espejos

ropittella

Poeta veterana en el Portal
Érase una vez un hombre, dueño de siete espejos. Cada día se miraba en uno distinto, los tenía prolijamente acomodados y muy bien protegidos, los cubría con paños muy gruesos. Cada jueves le tocaba el de verse infeliz, o sea el quinto. Se miraba durante un buen rato antes de vestirse y luego de cumplir con todas las rutinas mañaneras -incluídas las escatológicas- concurría a la farmacia para preguntarle al farmacéutico si los científicos ya habían descubierto el remedio contra el cáncer.
Así lo hizo durante muchos años, mientras el farmacéutico lo atendía con esmero, tratando de explicarle cada jueves, cada siete días: que no....
Hace poco, un jueves se quedó dormido, apresurado se miró y no cubrió el espejo -tampoco se lavó la cara, ni las manos- esa vez salió corriendo hasta la farmacia.
La encontró cerrada por duelo, el farmacéutico: muerto a causa del cáncer.
El hombre sospechó inmediatamente que el espejo de los jueves se había roto.
Regresó a su casa y efectivamente, allí estaba su infelicidad hecha añicos.
 
Última edición:
Auch. La verdad, el giro argumental, me dejó helado. Definitivamente, helado. En tan pocas palabras, veo destiladas la nostalgia, la melancolía, el bullicio de una urbe moderna, y un algo de seductoramente macabro, si me lo permites como halago. El misterio, la curiosidad por protagonistas, y la estética gramatical por telón. Muy buena tu prosa, amiga. ¡Bravísimo!
 
Auch. La verdad, el giro argumental, me dejó helado. Definitivamente, helado. En tan pocas palabras, veo destiladas la nostalgia, la melancolía, el bullicio de una urbe moderna, y un algo de seductoramente macabro, si me lo permites como halago. El misterio, la curiosidad por protagonistas, y la estética gramatical por telón. Muy buena tu prosa, amiga. ¡Bravísimo!
Gracias Histrión, quien lee traduce. Gracias por tu atenta lectura. Abrabesos.
 
Última edición:
Pues qué mal rollo; que sin infelicidad no existe la felicidad… y total sólo nos importunaba los jueves. ¿Y ahora qué? Habrá que cambiar todas las rutinas, las manías e incluso parte del mundo conocido para llegar otra vez a la estabilidad emocional de antaño. Hay fallos imperdonables, je je.
Muy bueno Ropittella… al menos a mí me lo pareció.
Abrazote con café en esta sobremesa de letras amiga de allende los mares.
 
Pues qué mal rollo; que sin infelicidad no existe la felicidad… y total sólo nos importunaba los jueves. ¿Y ahora qué? Habrá que cambiar todas las rutinas, las manías e incluso parte del mundo conocido para llegar otra vez a la estabilidad emocional de antaño. Hay fallos imperdonables, je je.
Muy bueno Ropittella… al menos a mí me lo pareció.
Abrazote con café en esta sobremesa de letras amiga de allende los mares.
¡Pues has leído mi intención! Eso es, se rompe el espejo de la infelicidad, porque por cruel que parezca, aunque nos cueste reconocerlo, muy dentro, al enterarnos de la desgracia ajena nos sentimos felices de que no nos haya tocado a nosotros, el personaje del relato sintió eso, sintió que aún seguía vivo y la esperanza pudo con la infelicidad de los jueves...entonces el espejo se hizo añicos... ¡Gracias por la visita Mago Alonso!
Por la huellas que retroalimentan y por todo. Abrabesos allende los océanos.
 
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Érase una vez un hombre, dueño de siete espejos. Cada día se miraba en uno distinto, los tenía prolijamente acomodados y muy bien protegidos, los cubría con paños muy gruesos. Cada jueves le tocaba el de verse infeliz, o sea el quinto. Se miraba durante un buen rato antes de vestirse y luego de cumplir con todas las rutinas mañaneras -incluídas las escatológicas- concurría a la farmacia para preguntarle al farmacéutico si los científicos ya habían descubierto el remedio contra el cáncer.
Así lo hizo durante muchos años, mientras el farmacéutico lo atendía con esmero, tratando de explicarle cada jueves, cada siete días: que no....
Hace poco, un jueves se quedó dormido, apresurado se miró y no cubrió el espejo -tampoco se lavó la cara, ni las manos- esa vez salió corriendo hasta la farmacia.
La encontró cerrada por duelo, el farmacéutico: muerto a causa del cáncer.
El hombre sospechó inmediatamente que el espejo de los jueves se había roto.
Regresó a su casa y efectivamente, allí estaba su infelicidad hecha añicos.
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